Jorge Vargas Cullell. 12 diciembre, 2018

Hoy leemos y oímos, en muchas partes, que estamos en la era de la posverdad. Pero ¿qué es eso? La expresión invita a pensar en un mundo en el que la verdad quedó perdida en algún viejo baúl y que, por tanto, no forma parte de la realidad actual. O sea, vivimos en un mundo permeado por la mentira.

Sin embargo, la posverdad no es simplemente decir una mentira y luego sostenerla contra viento y marea. Si así fuera, más de un marido vivazo, de esos más jugados que el doble cero, se ganaría el premio mayor.

El problema es que la posverdad, en su afán descarado de manipular, es veneno para la democracia

¡Qué va! ¡La posverdad es mucho más que mentir! No es cualquier “yuca”, sino una estrategia que, al inventar “hechos”, crea una narrativa cuyo único fin es acumular poder y aniquilar el de los adversarios para así labrar la legitimidad de un movimiento autoritario. Es una tecnología del poder que busca dopar a las masas mediante la creación de una realidad paralela que responde a los intereses de quien teje las especies.

En esa realidad paralela, las cosas son siempre como los líderes dicen que son, no como la evidencia dicta. Además, y esto es crucial, esos líderes, los que ellos dicen representar y, por supuesto, el país mismo, son siempre víctimas de una conspiración por parte de los enemigos de la patria.

No hay posverdad sin un paladín que salva a esa patria en peligro.

Desde esta perspectiva, es un matapalo: se adhiere a cualquier ideología. Puede ser usada por políticos de toda persuasión: de derecha (Donald Trump, los brexiters en el Reino Unido) o de izquierda (Nicolás Maduro en Venezuela o Daniel Ortega en Nicaragua). Además, la emplean no solo los gobernantes, sino cualquier actor político (en sentido amplio: incluye a dirigentes sociales) que utiliza la distorsión de la realidad como estrategia para alcanzar sus fines.

El problema es que la posverdad, en su afán descarado de manipular, es veneno para la democracia, un sistema predicado sobre la capacidad de la ciudadanía para ejercer sus derechos y libertades en un marco de pluralismo. Esa capacidad supone, a su vez, la autonomía moral de las personas y el suministro a ellas de la mejor información posible para que puedan tomar, en libertad, las decisiones que más consideren convenientes.

La gran cuestión política de nuestro tiempo no es, como décadas atrás, el enfrentamiento izquierda y derecha, sino entre los autoritarismos de la posverdad y unas desfallecientes democracias que requieren reconectar a sus ciudadanos.