Jorge Vargas Cullell. 7 abril

Un pequeño país como el nuestro tiene que tener más ojos que una piña mal pelada. Cuando uno es animal chiquitillo y transita por una selva poblada de peligros, una mala decisión o un descuido podrían tener efectos letales. En esto de los riesgos, es mejor no confiar en ningún santo patrón ni encomendarse, pues, si algo falla, no habrá como pedir indemnización. Mejor es ser el más previsor y listo de la clase.

Hago esta profundísima reflexión (lo que faltaba, el señor columnista tirándose flores) para postular que, si queremos salir vivos de este período especial en el cual se nos juntaron una multiplicidad de crisis de distinta naturaleza —a las que me referí en una columna previa—, tendremos que definir muy bien los objetivos en cada uno de los cuatro carriles en los cuales discurre la política del país. Porque, en efecto, jugamos en cuatro bandas.

El primer carril es el interno. Aquí, tendremos que gestionar reformas para nuestro estilo de desarrollo, mercados y nuestro estado para elevar rápida y sostenidamente la productividad y equidad social.

El segundo carril es el centroamericano, nuestro vecindario ineludible. Necesitamos expandir mercados y liderar la región, ayudando a rescatarla de las garras de Estados cada vez más autoritarios y fallidos.

El tercer carril es nuestra relación con los EE. UU., la potencia hegemónica. Necesitamos encadenarnos a sus puntas de lanza de la innovación, convertirnos en un centro boutique de exportación de servicios de valor agregado, sin quedar prensados por la polarización política que vive ese país.

El cuarto carril, cada vez más importante, es nuestra relación con los otros centros de poder mundiales, el gran juego internacional y, en especial, con China. ¿Cómo jugaremos en el choque de trenes entre ella y los EE. UU.?

Cada carril implica una estrategia distinta, pero acoplada a las otras. La complicación adicional es que tenemos que correr en todos simultáneamente, porque, si nos equivocamos en uno, tendremos consecuencias en los demás. Para poner un ejemplo, la incapacidad de gestionar un programa interno de reformas complicará nuestras posiciones e intereses en los otros ámbitos. Es como jugar ajedrez con cuatro tableros: un descuido en uno y ciao pescado. Por eso, hablaba yo, al inicio, de la piña mal pelada.

Como ven, aquí estamos: con otra Semana Santa en el saco y ya casi en diciembre.

El autor es sociólogo.