Jorge Vargas Cullell. 23 septiembre

Nadie va al FMI para que le preste plata porque anda “sobrado”. Acudimos a él porque estamos hundidos y en peligro de ahogarnos. Pero, en este mundo cruel, nadie regala flotadores a cambio de nada.

El gobierno planteó una propuesta inicial de negociación que ha desatado un sunami de indignación y burlas desde todas las esquinas. Sin embargo, los rechazos ad portas no cambian un dato esencial: en la gravísima situación actual, la única regla viable es ser prácticos. Si se quita un componente de la propuesta, sea de impuestos o de gastos, ¿con qué se sustituye? Decir simplemente “esto no va” es un acto inútil e injusto: si prevalece mi negativa, el problema seguirá allí y habremos transferido a otros el costo de cubrirlo.

El FMI no es el de los años noventa, cuando imponía recetas, pero no nos dará lo que nos haría felices: plata, sin exigir más impuestos ni recorte de gastos. Tampoco es viable la solución subóptima que haría dichoso a cada sector: que el sacrificio lo hagan los demás. Brincarnos al gobierno y presentar propuestas paralelas no sirve.

Hay, con todo, algo positivo: el gobierno tiene que llegar con una propuesta al FMI dentro de poco. Y, una vez que acuerde con él, deberá ir a la Asamblea Legislativa. Estos dos hitos simplifican las cosas: o llega al FMI con algo real entre manos o no llega, en cuyo caso el país se va de una vez por el tubo. Si supera ese escollo y logra un acuerdo, viene otra prueba de ácido: o logra la aprobación legislativa de lo negociado (o algo similar) o no lo logra, en cuyo caso el país se va de una vez por el tubo. Así las cosas, ahorremos discursos y hagamos la tarea. Por cierto, espero que el gobierno tenga desde ya a un grupo permanente de alto nivel en el Congreso trabajando el tema.

Si superamos el amarguísimo trago del FMI, apenas habremos evitado hundirnos. Siguen ahí las fallas estructurales en los mercados y en el Estado que han frenado el desarrollo del país. Falta el gran trabajo de corregirlas entrándoles a temas de fondo que no van en la receta para el FMI: sin más plata, ¿cómo reformamos el sistema público de salud y mejoramos la calidad y universalidad de la educación? Con menos instituciones, ¿cómo generamos empleo y más productividad en las regiones? El Estado que tenemos, grasoso e inercial, tendrá, sí o sí, que ser reformado. Si no, el país también se va por un tubo.

El autor es sociólogo.