Jorge Vargas Cullell. 13 mayo

Una vez, de chiquillo y buscando confites, me topé con una gallera clandestina. Suena raro, pero así fue. El recinto ese estaba en el patio de atrás de una casita medio podrida que funcionaba como pulpería, de esas con sacos de arroz, azúcar y frijoles en el piso y manos de bananos y guineos colgando sobre el mostrador.

Cuando olvidamos, negamos nuestra historia y nos condenamos a reciclar errores.

La urgencia de los confites y un súbito rumor de gritos en la parte de atrás me llevaron a descorrer un raído telón y de repente encontrarme, a plena luz del día, con un patio bien “piso’e tierra”, techado con zinc, y, al fondo, unos tablones que acomodaban alrededor de quince o veinte personas y dos gallos negros que se desangraban a punta de navajazos.

En medio del griterío, nadie se dio cuenta de mi presencia o, quizá, a nadie le importó un chiquillo esmirriado con los ojos pelados, que se esfumó enseguida. Muerto de miedo, agrego hoy, y de vergüenza también, cosa que nunca pude explicar, como si ese encontronazo con lo prohibido fuera pecado.

El caso es que el tiempo nunca es el que es y la eternidad dura un momento. Esos instantes rebosantes de tanta brutalidad no se van de mí tanto tiempo después, como si la fascinación por la muerte violenta me tuviese atornillado bajo el dintel de esa gallera destartalada.

Todos tenemos imágenes grabadas a fuego en la memoria, que nos asaltan de vez en cuando. Algunas son de eventos capitales de nuestra experiencia (el gesto de un ser querido que ya no está, aquel atardecer), pero muchas recuerdan momentos intrascendentes y cuesta entender la razón por la cual “eso” se grabó.

Los recuerdos son, sin duda, un variopinto tesoro que moldea sutilmente nuestro presente. Interpretamos lo nuevo, y actuamos, conectándonos constantemente con lo vivido. El problema es que ese tesoro no es un registro imparcial, pues así como evoca la experiencia pasada, también la olvida.

Olvidar es necesario para vivir; de lo contrario, nuestra capacidad mental rápidamente se saturaría. Quedaríamos paralizados. El problema del olvido es que, en ocasiones, relega experiencias de gran importancia. Y, cuando lo hacemos, negamos nuestra historia y nos condenamos a reciclar errores.

Así, entonces, ¿olvidaremos que la crisis de los años ochenta la pagaron, sobre todo, los más pobres? ¿Que el recorte en la educación pública creó una generación perdida? ¿Que una de sus secuelas fue la sociedad más desigual que tenemos hoy?

El autor es sociólogo.