Jorge Vargas Cullell. 21 octubre

La semana pasada, por segunda ocasión en casi quince años, me quedé callado y no hubo columna. La primera vez el silencio respondió a razones personalísimas; este tiro, a una razón pública: estaba procurando facilitar un diálogo multisectorial convocado conjuntamente por los presidentes de los poderes Legislativo y Ejecutivo, y pensé que era mejor cuidar mi expresión.

Cualquier cosa que dijera sería vista con sospecha. Si hablaba del diálogo, porque lo hacía; y si hablaba del clima, por desviar la atención. Al final, el diálogo se canceló. La regla inicial era un todo o nada. O todos los invitados participaban o no había diálogo. Así de clarito, para evitar confusiones. Y, en un país de medias tintas, esa decisión causó extrañeza.

LEA TAMBIÉN

Enfoque: Bloqueos

No pocas personas me han preguntado que por qué así, que eso daba poder de veto a cualquiera. Pensé, para empezar, que la convocatoria de los presidentes de los poderes de la República tenía que tener un alcance general, empezar con “media mesa” era nacer boqueando, con perspectiva de fallecer a las primeras de cambio.

Además, una “media mesa” podía tener efectos perniciosos. Hoy urge tender puentes; encontrar un sitio común para vernos las caras; hablar civilizadamente sobre nuestras diferencias y buscar soluciones colaborativas. Una mesa tulenca podría más bien incentivar la creación de mesas de diálogo paralelas y competitivas. Si así ocurría, en nombre del diálogo se profundizarían las fracturas.

Finalmente, la verdad es que los invitados aceptan voluntariamente asistir a un diálogo multisectorial. No hay ley que obligue a nadie. Ello significa que siempre retienen el poder de irse en cualquier momento. La idea era que, como todos tenían un “botón nuclear” en las manos, le dieran un chance al proceso, vencieran sus suspicacias y, en el camino, fueran construyendo la confianza. No exigirla de entrada.

Todo el diseño del diálogo estaba predicado como capas de desconfianza sobre otras. A nadie, incluso solo teniendo una silla en la mesa, le podían aplicar mayorías automáticas.

En fin, la cosa se acabó y punto. Como he dicho en todas partes, asumo plenamente la responsabilidad de los resultados. Pedí a los presidentes plena libertad de acción, me la dieron y no lo logré. Ahora, hago mutis por el foro. Ojalá otros tengan éxito, porque la emergencia fiscal requiere soluciones con respaldo social y político.

El autor es sociólogo.