Jorge Vargas Cullell. 11 marzo

Una pandemia como la del coronavirus, que padecemos en Costa Rica y en muchos otros países, es un crudo recordatorio de cuán interconectados estamos los humanos. No me refiero, en este caso, a los efectos de la globalización, proceso complejo que ha encadenado sociedades al carro del cambio tecnológico y los flujos de comercio y finanzas internacionales, sobre el cual se han escrito bibliotecas enteras.

Los efectos del miedo son hoy más sofisticados: caen las bolsas de valores, se cancelan millones de viajes y miles de actividades.

Hablo de una cuestión más elemental: cuando se desata una pandemia como esta, el contagio no respeta las distancias sociales, las fronteras políticas o las ideologías de las personas. Ni ahora con la globalización ni antes, en el siglo XIV, cuando no existía y la peste negra mató a cerca de la quinta parte de la población mundial.

Cuestión de humanidad: somos, por el simple hecho de ser humanos, vulnerables a una pandemia. De repente, aquello que nos divide pasa, aunque temporalmente, a un segundo plano. Otros atributos adquieren relevancia especial, como la edad y la condición de salud, los lugares por los que transitamos o el clima de la región donde vivimos.

Esta perspectiva epidemiológica transparenta los vínculos invisibles que anudan a ricos y pobres, a fascistas y comunistas, a neoliberales y socialdemócratas, a reyes e intocables, a presidentes y ciudadanos de a pie. Todos ellos habrían negado previamente todo vínculo con “el otro”. Sin embargo, nadie es tan de sangre azul como para evitar ser contagiado.

La otra cosa que, en una pandemia, tiene un carácter viral es el miedo, que multiplica los efectos percibidos de la enfermedad. Es así ahora y lo fue antes, pues es un fenómeno de la psicología social. Cuando en 1856 el cólera mató al 10 % de la población tica, la gente, aterrada, acudió a infinidad de procesiones para expiar culpas (Ana María Botey. 2008. La epidemia del cólera (1856) en Costa Rica: una visión de largo plazo).

Los efectos del miedo son hoy más sofisticados: caen las bolsas de valores, se cancelan millones de viajes y miles de actividades. Sin embargo, el sentimiento primario del temor a lo desconocido es el mismo. En estas condiciones, el manejo que una sociedad dé a una epidemia dice mucho de su contrato social. Si los valores de equidad y tolerancia son centrales, entonces habrá una respuesta inclusiva y todos, sin distingo de rango y condición, serán tratados con humanidad. Ojalá así sea aquí.

El autor es sociólogo.