Jorge Vargas Cullell. 4 marzo

Pensar escenarios es una buena manera de imaginar futuros posibles y un método para entender los desafíos del presente. Cuando lo hacemos, nos abstraemos de la realidad para luego bañarnos en ella. Pero, como fumarse un puro y fabular fantasías es fácil, conviene ponerle método a la pensadera. Podríamos soñar que el país arregla sus problemas en cuatro años, pero ello sería un sueño estéril: para mundos fantásticos, el Quijote y las promesas electorales.

Caminamos por una cornisa: somos vulnerables a factores que no controlamos, por lo cual conviene pensar maneras de minimizar efectos.

Con esto en mente, apliquemos dos reglas a este ejercicio de pensar un escenario futuro para el país. La primera es hacer cambios mínimos a la realidad actual para así prestar atención a un pequeño número de efectos probables. La segunda regla es presumir que no hay nada inesperado de gran influencia que altere el curso probable de evolución. Si un billonario hereda su fortuna al país, muchos problemas podrían aliviarse.

Supongamos, entonces, que, en el contexto de nuestra frágil situación, ocurren dos hechos. Primero, el impacto mundial del coronavirus se traduce en una contracción del turismo y la inversión externa sin que la disminución en el precio del petróleo lo compense. Segundo, que los partidos en el Congreso no le dan más “agua” a un gobierno debilitado por el escándalo de la UPAD y un presidente arrinconado por problemas legales, y no aprueban ningún plan fiscal.

Estos supuestos no están jalados del pelo. ¿Cuál es entonces un posible curso de evolución? El apagamiento de los motores de crecimiento que aún tenemos puede llevar a una recesión económica; la negativa legislativa puede desencadenar un ajuste fiscal violento por el lado del gasto; un gobierno sin iniciativa carece de margen político para actuar; la incertidumbre puede alimentar la polarización y el recorte de la inversión social, propiciar episodios de conflictos. A las elecciones del 2022, llegaríamos con un país en una crisis a toda regla.

¿Una pura novela? Puede ser: es un simple ejercicio mental, esquemático por el poco espacio que tengo. Sin embargo, nos recuerda que caminamos por una cornisa: somos vulnerables a factores que no controlamos, por lo cual conviene pensar maneras de minimizar efectos. ¿Cómo? Actuando sobre aquellos que sí controlamos, como el clima político, las acciones en el frente fiscal o la contención social. Como en la epidemiología, hay que reducir los riesgos de contagio.

El autor es sociólogo.