Jorge Vargas Cullell. 8 julio

Hace un par de semanas escribí que, en la dura negociación entre el Ejecutivo y el Legislativo sobre los recortes presupuestarios, había que evitar dañar a las personas más afectadas por la crisis originada por la pandemia.

Dije que los estira y encoge sobre el gasto público son inevitables en una democracia, pero mantener financiado el Plan Proteger, que ayuda a centenares de miles a sobrevivir esta angustiante época, es un bien público superior.

Pues bien, pasaron los días y Proteger se está quedando sin plata. En la Asamblea Legislativa anuncian que no pasará ningún presupuesto extraordinario si los recortes presupuestarios no van más allá del 1 % del PIB, que es lo que el gobierno puso como meta. ¿Entonces qué? Cuando se acabe Proteger, ¿pasaremos al espectáculo de la repartición de culpas sobre quién fue el responsable de que el hambre se propagara rápido como el virus? Me pregunto: ¿A quién le importan los reproches políticos si hay hambruna?

Una sugerencia práctica para resolver este impasse es desenganchar el financiamiento de Proteger de la negociación más amplia y compleja del presupuesto nacional.

Así, evitaremos que los más necesitados queden prensados por el choque de trenes ideológicos y políticos. Mientras, en el tema presupuestario general, gobierno y oposiciones pueden arrearse duro, poner cara de bravos y lo que quieran, Proteger seguiría dando ayudas indispensables.

La idea es apartarlo del conflicto, por acuerdo entre las partes, y aprobar rápido un presupuesto extraordinario acotado al fondeo de este programa.

Dije entonces, y lo repito, que velar por que no se produzcan costos sociales evitables es cuestión de humanidad, empatía y solidaridad. Y, ciertamente, dejar guindando a millones (los beneficiarios de Proteger y sus familias) es algo que podemos evitar.

Doy por cierto que tiene más impacto un soplo de brisa que la opinión de este columnista juntaletras. Sin embargo, en ocasiones, da cierta perspectiva no estar metido en el barreal de las trincheras políticas, ensordecido por el griterío, los rumores y la premura de la acción.

Mi perspectiva es esta: no cometamos errores cantados, que luego pueden tener graves consecuencias para nuestra vida social y política. ¿Cuestión de humanidad? Sí, claro, pero también de prudencia.

El autor es sociólogo.