Jorge Vargas Cullell. 30 enero

En días cuando deambulo arrastrando las patas por ahí, vuelvo la mirada hacia iniciativas como el parque La Libertad, en Tirrases, el Sifais en La Carpio o la Universidad Invenio en Tilarán, para recargar la esperanza de que, aún en entornos improbables, en este país hay capacidad para impulsar cambios en favor de la inclusión social y productiva, es decir, en favor de la equidad.

Son lecciones prácticas, sin mucha hablada, sobre cómo sentar bases para un mejor futuro compartido. Aunque tienen objetivos, áreas de trabajo y alcances muy distintos, poseen cosas comunes: son estrategias que hacen del emprendimiento y la creatividad la llave para fomentar el desarrollo en territorios con fuertes rezagos sociales; son alianzas entre el sector público, el privado y las comunidades vecinas; y haberla tenido que pellejear para salir adelante.

Para mí son como esos amaneceres nítidos del verano, cuyos cielos anaranjados permiten ver horizontes lejanos casi siempre ocultos el resto del año

Para mí son como esos amaneceres nítidos del verano, cuyos cielos anaranjados permiten ver horizontes lejanos casi siempre ocultos el resto del año.

Me gustaría abundar en detalles pero solo tengo espacio para tres telegramas. Los invito, eso sí, a informarse, involucrarse y, ¿por qué no?, impulsar otras iniciativas ejemplares.

El Parque La Libertad, 32 hectáreas en una zona peliaguda, es un hermoso espacio público en donde funciona una plataforma de servicios artísticos, desarrollo comunal, apoyo a microempresas y educación ambiental.

El Sistema Integral de Formación Artística para la Inclusión Social (Sifais) ofrece, en un moderno edificio que destaca dentro del abigarramiento urbano, programas a miles de personas, en una zona emblemática del fracaso del asistencialismo público.

Mientras en San José estamos agarrados del moño sobre si aprobar o no una ley de educación dual (cómo combinar educación y aprendizaje en el trabajo), en Guanacaste Invenio ha graduado bajo esta metodología a decenas de personas en el área de las ingenierías.

He destacado tres iniciativas, pero hay otras desparramadas en nuestro territorio. Por ejemplo, la Asociación de Pequeños Productores de Talamanca (APPTA) exporta cacao orgánico en una zona con los más bajos índices de desarrollo del país.

Pueden decirme: “unas pocas golondrinas no hacen el verano. Son esperiencias aisladas.” Puede ser. Pero ¿y si las convertimos en nuestro parámetro de excelencia para fomentar la inclusión social y productiva? Mientras tanto, Venezuela arde. Realidad y realidad.