Jorge Vargas Cullell. 26 agosto

Sería bueno indagar sobre las “historias” en las que las personas creen acerca de lo que pasará en el país. Me explico: más allá de los datos, los rumores, los análisis, los anuncios gubernamentales, ¿cree la gente, en el fondo, que lo peor está por venir? ¿Que ya pasó? ¿Que la tormenta nos hundirá o que, pese a los remezones, llegaremos a buen puerto?

De acuerdo con el premio nobel en economía Robert Shiller, esas historias son las maneras como tejemos el entendimiento sobre lo que vivimos y, según él, tienen la capacidad de mover montañas. Literalmente.

Si, por ejemplo, se populariza la idea de que la crisis económica se agudizará, la reacción esperable hoy de los hogares es frenar el consumo, ahorrar para guarecerse de los malos tiempos, y eso termina empeorando la situación.

Se crea un movimiento social mucho más fuerte que el efecto de los incentivos que puedan crear medidas de política pública, como una baja en las tasas de interés o las ayudas sociales a las familias.

Según esa teoría, la efectividad de esas mismas medidas es mucho mayor en un clima de opinión social más optimista, no tanto por ellas mismas, sino porque las personas, grupos o empresas, las usan como herramientas para actuar de acuerdo con lo que ellos ya creían.

Así, si pensamos que lo peor ya pasó, aflojaremos la billetera y, en esas condiciones, préstamos más baratos incentivarán más el consumo que pensábamos hacer.

Conocemos poco sobre las historias que dominan hoy el imaginario social, aquí y en el resto del mundo. En Europa, todo apunta a que, con el verano, millones presumieron que lo peor de la pandemia pasó, pese a las advertencias de sus Gobiernos, y las cosas parecen complicarse de vuelta.

¿Cómo estudiar las historias que, bajo el radar de las discusiones públicas, se hacen virales en las mesas de las casas y en las conversaciones diarias? Las encuestas ayudan, pero son insuficientes, porque sus preguntas rápidas apenas rascan la superficie de los pensamientos.

Entrevistas en profundidad, que permitan a las personas libremente explayarse en sus ideas, miedos y esperanzas son más apropiadas.

El punto de esta disquisición, sin embargo, no es metodológico ni busca proponer una recomendación, aunque, si yo fuera gobierno, sin duda estaría investigando el tema. El punto es una pregunta a cada lector: ¿Y usted en qué cree realmente?

El autor es sociólogo.