Jorge Vargas Cullell. 15 agosto

La pura verdad es que en este país estamos empezando a jalarle demasiado el rabo a la ternera. Con la economía desacelerada y un mercado laboral que no crea empleo; una caída en la confianza ciudadana en el rumbo del país, el gobierno y las instituciones; una situación internacional cada vez más compleja; y nos hemos metido en la danza interminable de las reclamaciones.

“Puede caerse el mundo, pero yo salvo los muebles. Yo y los míos”. Andamos con esa mentalidad, sabiendo que, si se desata una crisis, pocos saldrán ilesos, pero reconfortados en que siempre podrán decir: “No fue culpa mía. Fue de otro”.

En consecuencia, todo el mundo reclama algo para ver qué agarra. ¿Y el gobierno? Sabíamos, por definición, que era políticamente débil. Así lo decidimos el año pasado.

En consecuencia, todo el mundo reclama algo para ver qué agarra: estos, los pluses para ver si los mantienen; los de allá, la regla fiscal, para ver si están exentos; aquellos, los baños neutros porque atacan a la familia tradicional; acullá, las interpretaciones sobre el IVA porque friega con nuevas regulaciones; y todo el mundo cabreado porque la economía no camina.

A fe que muchos agarran algo, por ahora. Una cabeza de un ministro, un acuerdo con un jerarca, una resolución conveniente en los tribunales o un cuarto de hora de fama por el bochinche creado. En general, prevalecen quienes tienen más galillo. Sin embargo, todo esto ha creado una espiral cada vez más fregada: grita y vencerás, cierto, pero esos gritos traen más confusión y desánimo general, que ahonda la sensación de que el país se jodió. Aún no estamos ahí, pero cada vez más actuamos como si ya todo se hubiese torcido.

¿Y el gobierno? Sabíamos, por definición, que era políticamente débil. Así lo decidimos el año pasado en las urnas cuando se enfrentaron en segunda ronda dos partidos que, en febrero del 2018, habían obtenido, entre ambos, apenas el apoyo del 28 % del padrón electoral y el 42 % de las curules. O sea, ganara quien ganara tendríamos un gobierno de minoría, acorralado por otro montón de minorías.

Pero la debilidad gubernamental está hoy pasando de castaño oscuro. Cualquiera pasa por el lado y le mete un sopapo porque sí, y lo único que oye es un gemido. Lo pongo así: es hoy más preocupante la salud política del gobierno, en sus niveles más altos, que la de la economía y la sociedad, y eso que en estas últimas estamos volando bajo.

Faltan tres largos años. Tres. Años difíciles. Bien harían muchas cabezas en entender que si bien este no es su gobierno, es el único que tenemos.

El autor es sociólogo.