Jorge Vargas Cullell. 30 septiembre

Este martes observé horrorizado, como millones alrededor del mundo, el primer debate entre los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos. Fue de terror.

Atrás en las encuestas, Trump necesitaba ganar el debate y golpear duro a Biden a fin de atraer a los indecisos y cerrar la brecha. Consciente de ello, atacó desde el inicio. Sin embargo, equivocó mensaje y táctica: habló todo el tiempo únicamente de temas que gustan a su base conservadora, pero ahuyentan al votante medio, que tanto necesita ganarse. Por otra parte, sus insultos y desplantes no avasallaron al opositor, como sí lo hicieron tantas veces con otros políticos.

Biden necesitaba no cometer ningún error de bulto, evitar ser matoneado y aparecer como una persona normal y empática para la mayoría del electorado. Ciertamente, su desempeño fue lejos de ser estelar: flojo por momentos y sin aprovechar las debilidades de Trump. Sin embargo, cumplió esos objetivos de mínimo.

¿Resultado? Mi impresión es que Trump perdió el debate y desaprovechó una oportunidad que requería con urgencia capitalizar para cambiar la dinámica de la carrera electoral. Además, algunos de sus ataques se pasaron de la raya, incluso, a juicio de cercanos colaboradores suyos, esta vez el matonismo conspiró en contra de sus intereses.

Dije antes que el debate fue un espectáculo de terror. Este juicio tiene varias consideraciones. La primera se refiere a lo que el despliegue de hora y media de insultos, mentiras y violaciones al reglamento del debate dice sobre la calidad de la democracia estadounidense. Es un síntoma de una sociedad que ha perdido parámetros para distinguir la verdad de la mentira, algo esencial para el funcionamiento de una democracia, incapaz de tener espacios para la deliberación racional de las ideas.

La segunda consideración es que nunca pensé ver a un presidente estadounidense rehusando aceptar el veredicto electoral, a comprometerse con una transición pacífica del poder y hablar de elecciones fraudulentas. Trump atacó, sin filtros, el corazón de la democracia de su país.

Finalmente, los riesgos de inestabilidad política en el país más poderoso del mundo son una amenaza para el mundo entero. Si EE. UU. se descompone, las bases del orden económico y político internacional quedan falseadas. En eso Trump actúa como un pirómano dentro de una bodega de pólvora. ¡Qué momento!

El autor es sociólogo.