Jorge Vargas Cullell. 16 enero

Pienso que la curiosidad es una de las cualidades más importantes que puede tener una persona. Si tuviera que asociarla con algún elemento, escogería el viento, pues, como él, ella siempre está en constante movimiento, con intensidad y direcciones variables y ráfagas difíciles de prever. Liviana y libre, explora cada palmo de terreno sin reparar en la dificultad de lo que inspecciona y sin conocer más frontera que su propia fuerza. También, como el viento, sin freno puede llegar a tener una potencia destructiva.

Me quedo, sin embargo, con su lado creativo. Me interesa la curiosidad como pregunta sin respuesta, como actitud frente al mundo y esfuerzo por encontrar una explicación a las cosas. Un esfuerzo que en sus mejores versiones es tenaz y ordenado y que, en principio, desconfía de las respuestas fáciles.

No hay nada más ajeno a la curiosidad que el dogmatismo y los prejuicios, que viven del autoritarismo social y político

Las ciencias, las letras y las humanidades son hijas de la curiosidad y, agregaría, la empatía lo es también. Quien empatiza tiene interés en su interlocutor, procura conocerlo y sentirlo: lo reconoce y valora.

Una persona sin curiosidad vegeta. Me la imagino como un conformista, impermeable a lo que no sabe e inconmovible con lo que cree saber. No hay nada más ajeno a la curiosidad que el dogmatismo y los prejuicios, que viven del autoritarismo social y político.

He hablado hasta ahora de la curiosidad en un plano personal, pues creo que una buena dosis de ella nos haría mejores seres humanos. Sin embargo, propongo imaginar ahora este tema en su dimensión social. Cuando lo veo así, pienso, por ejemplo, en el Renacimiento europeo como una época en la que floreció una inusual curiosidad por lo natural y lo humano. En cambio, vuelvo a ver la Europa de las guerras religiosas de los siglos XVI y XVII, o de entreguerras en el siglo XX, cuando emergieron el fascismo, el nazismo y el estalinismo, como eras en que la curiosidad fue barrida por los dogmas.

En Costa Rica, debiéramos adentrarnos en la época de la “Gran Curiosidad”, a fin de desatar las fuerzas de la creatividad y la innovación. No es fácil, pues muchos están en la zona de confort del statu quo y de sus creencias y afiliaciones. Seguimos discutiendo las cosas como si estuviéramos en el siglo XX (libertarios vs. estatistas, capitalistas vs. comunistas). El mundo cambió y necesitamos una dosis de curiosidad por entender ese cambio para así forjar respuestas distintas a nuestros desafíos.

Jorge Vargas Cullell es sociólogo.