Jorge Vargas Cullell. 26 febrero

En estos días, nos estamos ahogando en un clima político tóxico: un mar de sospechas y rumores conspirativos, llamados patriotas a revocar el mandato del gobierno, denuncias sobre manos ocultas a punto de convertir a Costa Rica en Venezuela y otras especies saturan las redes sociales y varios medios de comunicación.

Así no: es necesaria la cordura. Una cosa es la crítica severa al gobierno, ya sea por diferencias ideológicas, errores en la ejecución de políticas públicas o actos de corrupción, crítica que me parece tan necesaria como bienvenida; otra cosa es el vendaval de noticias falsas y sospechas que, una vez desmentidas, se dejan flotando por ahí y quienes las produjeron pasan, acto seguido, a promover nuevas.

¿Qué me parece a mí fair game? La crítica al plan fiscal del gobierno. ¡Claro que hay visiones distintas sobre el tema! La crítica al decreto ejecutivo que creó la Unidad Presidencial de Análisis de Datos: su ubicación y el alcance de su actividad. ¿Hay que escarbar el asunto? Sí, metódica, pero responsablemente, sin aplicar lo de Pancho Villa: “Ajusile y después agüerigüe”. Empero, cuando pasamos a difundir especies como que el empleo público aumentó en 35.000 puestos; que en Zapote está a punto de ser entronizada una dictadura policial, que chavistas ocultos quieren expropiar a empresarios, entre otras lindezas, entonces la situación se pasa de castaño oscuro. Hay que decirlo: no es cierto, punto.

Es inevitable que un gobierno apechugue por sus errores y tenga encima el escrutinio ciudadano. Sin embargo, el clima de alarma fabricado en los últimos días me parece sintomático de otra cosa: el inicio de los fuegos electorales del 2022 y muchos están adoptando la estrategia irresponsable del “todo vale”, pues creen en la polarización como ficha ganadora en esa larga carrera, aunque arriesguen detonar una crisis.

Mientras nos envenenamos de fake news, hay una cosa que no está ocurriendo: la discusión racional de los nuevos ajustes fiscales, indispensables para nuestra precaria estabilidad. Ahora que hay aroma electoralista, nadie quiere salir pringado; mejor hacerse famoso atizando denuncias. El precio de una elección no vale la salud de un país. Perdemos todos embarcándonos en la deriva de inestabilidad política que azota el continente. Sé los riesgos de pronunciarse contra la popular marea de fake news y politiquería irresponsable, pero, por ética, lo hago.

El autor es sociólogo.