Jorge Vargas Cullell. 7 octubre

El bloqueo fue tradicionalmente el repertorio de lucha de los más débiles y políticamente desconectados en Costa Rica. En las décadas de cierre del siglo pasado, lo empleaban comunidades olvidadas como método para llamar la atención del gobierno. Eran, por lo general, acciones puntuales en lugares aislados.

En esa época los actores tradicionales de la protesta social, las organizaciones sindicales y los movimientos comunales políticamente conectados preferían otros repertorios: huelgas, paros y manifestaciones. ¿Por qué? Con estas acciones movilizaban a decenas de miles, paralizaban regiones enteras y forzaban la negociación. Eran un indicador de sus musculosas bases sociales.

Lo de “políticamente conectados” es un dato central. Los partidos tenían vínculos orgánicos con el sindicalismo y los movimientos comunales, tanto los de izquierda, que querían representar al proletariado urbano y rural, como Liberación Nacional, que controlaba una densa red de organizaciones sociales. Cuando la calle empujaba, los partidos hablaban.

La primera vez que el bloqueo se convirtió en el arma preferente de un conflicto fue durante las protestas del Combo del ICE, en el 2000, que derrotaron los planes del gobierno de entonces de abrir el mercado de telecomunicaciones. Fue la punta del iceberg de una movilización popular masiva que noqueó a la clase política tradicional.

Para entonces, sin embargo, había habido defunciones y divorcios entre las organizaciones sindicales y comunales y los partidos. La izquierda tradicional había desaparecido y el PLN había abjurado de sus vínculos.

Desde entonces el bloqueo ha ocupado un lugar preferente en el repertorio de la protesta social. Cada vez que alguien se solivianta, lo primero que hace es recetar uno. ¿Qué lo hace tan atractivo? Es una tecnología que inflige una gran afectación social, imposible de ignorar, pero no requiere mayor inversión. Lo único que necesita son diez viejos y dos cabezales y con eso se paraliza una arteria vital. En contraste, planear una huelga o una manifestación lleva mucho tiempo y trabajo.

El bloqueo no necesita masa social; las otras manifestaciones, sí. Ahí está la trampa para sus perpetradores: sin apoyo social, sus organizadores quedan guindando y la cosa pasa a ser un puro motín. Entendámonos: mucho bloqueo no es mucho apoyo popular. ¿Excepciones hoy? Por ahora, la zona norte.

El autor es sociólogo.