Jorge Vargas Cullell. 12 febrero

Vean qué situación más complicada: un presidente muy popular, que ha logrado reducir como nadie la inseguridad ciudadana, ordena a una desprestigiada Asamblea Legislativa, llena de políticos gastados, aprobar de inmediato un préstamo internacional.

En esa época, el apoyo popular a la democracia era alto, el país no pasaba por años críticos de acumulación de demandas sociales insatisfechas y, entonces, el caballero perdió.

No hay fundamento constitucional para esa orden, el Congreso se niega y el presidente, enfurecido, entra en el recinto legislativo con soldados armados. A muchos ciudadanos, hartos de la desigualdad, la corrupción y los crónicos privilegios para pocos, no les gusta la acción, pero la justifican. Quieren resultados.

En medio del zafarrancho, el mandatario anuncia que “Dios le aconsejó paciencia”, y se retira. O sea, además de apoyo popular y éxitos en política pública, el hombre tiene conexión divina. Finalmente, el Poder Judicial le ordena no politizar a las Fuerzas Armadas, pero él, desafiante, dice que respetó la división de poderes (digo para mí: “Sí, cómo no”).

Esto es, en síntesis, lo ocurrido en El Salvador durante estos días: la legitimidad política versus la legitimidad constitucional; la eficiencia pública versus la democracia. Una situación límite en la que el viejo sistema político no responde a las necesidades y facilita la emergencia de un actor autoritario con respaldo popular que es, también, el rostro de la renovación política.

Hago esta apretada crónica no con afán informativo. Me interesa extraer lecciones útiles para nuestro país. Una primera es, por supuesto, evitar caer en una situación límite: puestos ahí, cualquier cosa va. ¿Cómo se evita? El manejo colaborativo de los conflictos entre poderes públicos ayuda. El Estado vuelto contra sí mismo es una bomba de tiempo.

La segunda es atender las necesidades populares. Las élites económicas y políticas no pueden seguir sordas y ciegas, y creer que les saldrá gratis. Tendrán que asumir una cuota de sacrificio y apoyar iniciativas para mejorar las condiciones de vida y trabajo de las mayorías. De lo contrario, entregan el descontento al mejor postor.

A quienes digan que aquí nunca pasaría lo de El Salvador, les recuerdo que, hace años, un ministro de Seguridad Pública hizo rodear con policías la Asamblea Legislativa. Un brote gris. En esa época, el apoyo popular a la democracia era alto, el país no pasaba por años críticos de acumulación de demandas sociales insatisfechas y, entonces, el caballero perdió. Hoy, esas condiciones no están.

El autor es sociólogo.