Jorge Vargas Cullell. 15 julio

Esta historia es real, sin un gramo de salsa. Unos amigos míos, músicos los dos, estaban remodelando la casa. Como ella daba clases temprano, él se quedaba con los trabajadores. En las tardes ella volvía, y entonces él salía a dar clases. La cosa es que el esposo estaba preparando un concierto y, apenas llegaban los trabajadores, se sentaba al piano a estudiar. Y, así, dale que dale todos los días, pues las obras que presentaría eran difíciles.

Como a las tres semanas, mientras trabajadores y músico hacían una pausa para tomar café, uno de ellos le comentó a mi amigo: “Don, perdóneme que le diga. Lo veo siempre sentado al piano y nada más: ¡Qué rico se la tira usted!”.

La historia admite varias lecturas: la separación entre trabajo manual e intelectual, desde la perspectiva de un trabajador; la aspiración imposible para una persona humilde de hacer música; o la recreación del prejuicio social de que el arte es cosa superflua, un lujo prescindible. Hoy, me quedo con esta.

Pero ¿es el arte un florero? No: es una expresión vital de la condición humana. Creamos arte desde la época de las cuevas; es un medio para el desarrollo de las potencialidades de nuestra mente y corazón, y un medio de cohesión social. Es, además, una profesión y un generador de riqueza social. Sin embargo, cuando vienen las crisis y hay que recortar cosas, muchos preguntan: “¿Para qué queremos que las universidades gasten en artes (y humanidades)?”. La implicación, nada sutil, es que eso es un lujo. Cierto: hay que socarse la faja, incluido el campo de la cultura. Empero, otra cosa es lo que están pidiendo: amputar el gasto en cultura, por superfluo.

Hace medio siglo, Pepe Figueres dijo: “¿Para qué tractores sin violines?”. Ese fue el punto de partida de una política de Estado de desarrollo musical que tiene hoy al país como un centro importante en América Latina. La música la practican jóvenes y adultos en barrios y comunidades, La Carpio incluida. Tenemos buenas orquestas, clásicas y populares, y exportamos músicos de alto nivel. Con la música generamos oportunidades y riqueza.

A Figueres le sobraron críticas. Por dicha no prevalecieron quienes veían el arte como un florero, y hubo violines. En esta crisis, necesitamos ingenieros y escultores; filósofos y tecnólogos. Más ingenieros no tiene por qué implicar menos artistas: es cosa de cosechar más con menos plata, de pensar e innovar.

El autor es sociólogo.