Jorge Vargas Cullell. 5 febrero

Lo bueno de escuchar a dirigentes partidarios reaccionar en caliente a los resultados de las elecciones municipales es que todos ganaron. Ganó el que ganó, el que perdió, el partido sin resultados positivos en ningún cantón: todos dicen estar satisfechos. Yo, feliz, pues fui testigo de un imposible: una elección sin perdedores. Ver vacas volar y que llueva maná del cielo. Los imposibles, como sabemos, dejan huella imborrable en nuestras vidas.

Vivimos una democracia en la cual los partidos son ilusiones ópticas. Hologramas. Es decir, tiempos inciertos.

Propongo dejar de lado la aritmética sobre las alcaldías que los partidos lograron y plantear una pregunta distinta: ¿Qué realidad política reflejan las elecciones municipales del 2020? Lo pongo suavecito: se consumó la muerte de las marcas partidarias nacionales. Me dirán: “Pero ¿no ve que los partidos nacionales obtuvieron tres cuartas partes de las alcaldías?”. De acuerdo, exageré: los partidos seguirán existiendo.

Lo que quise decir, en lenguaje popular, es que en estos comicios pesó más un gramo de aire que un comité político nacional. Dicho en lenguaje elegante: las elecciones municipales no concurrentes y el tránsito de la democracia subnacional hacia el hiperpresidencialismo quitaron todo peso a las dirigencias partidarias nacionales en la conducción de las competencias políticas locales.

Antes, cuando las elecciones nacionales y locales se hacían el mismo día, había una cadena alimentaria que mantenía la unidad de los partidos. El candidato a regidor trabajaba por el diputado porque el diputado trabajaba por él. La suerte de uno era la suerte de todos. En esas condiciones, las dirigencias nacionales podían imponer línea.

Cuando las elecciones municipales se separaron, esa cadena se rompió y, como resultado, las dirigencias locales se autonomizaron. Ahora, son las que parten el queso y nadie pone orden en sus pleitos. “Si no me pusieron como candidato, me paso de partido”. El dirigente usa la marca partidaria, y si no le sirve, la bota. Así pasó en no pocos casos.

A esto se le suma que, cuando cambió el Código Municipal, el Ejecutivo pasó de figura subordinada a ser el actor más potente en una municipalidad. Un alcalde en funciones tiene no solo la posibilidad de reelegirse indefinidamente, sino también muchas probabilidades de ganar los comicios, independientemente del partido al que pertenezca hoy.

Vivimos una democracia en la cual los partidos son ilusiones ópticas. Hologramas. Es decir, tiempos inciertos.

El autor es sociólogo.