Jorge Guardia. 17 diciembre, 2018

El Fondo Monetario nos visita cada año para evaluar la situación macroeconómica y dar recomendaciones de política económica. Las misiones duran, usualmente, dos semanas y, luego, emiten un informe detallado para ser discutido por su máximo órgano deliberativo, pero en esta ocasión hizo una visita relámpago y emitió un escueto comunicado que ni siquiera se conocerá oficialmente. ¿Por qué?

Mi hipótesis es que estaban muy preocupados por las condiciones económicas y políticas de los últimos meses y querían constatar in situ cuál era la realidad. Sin embargo, el parco comunicado dice y no dice. Nos corresponde ahora tratar de interpretarlo para lograr entender lo que realmente están pensando.

Que la producción se desaceleró en la segunda parte del año por la huelga y zozobra fiscal no es noticia; ya se sabía. Lo novedoso es que, según el FMI, el gobierno deberá hacer un esfuerzo adicional para reducir el déficit a muy corto plazo (up front), dar a conocer cuáles serán sus planes presupuestarios para los próximos tres años, decantar el financiamiento para palear sus necesidades de caja, contener la dinámica de la deuda y consolidar la confianza porque la ley de sostenibilidad fiscal es insuficiente.

La opinión del Fondo es relevante por tres aspectos esenciales. 1) Moody’s afirmó que el esfuerzo fiscal y la debilidad política mostrada históricamente para aprobar reformas pintaban un futuro incierto y le bajó la calificación; 2) el gobierno presumía que al aprobarse el plan fiscal obtendría recursos externos adicionales a corto plazo, pero la situación se le podría complicar con el dictamen del Fondo; y 3) el proyecto oficial para colocar $6.000 millones adicionales podría ser sometido antes de aprobarse a ciertas condiciones, una de las cuales podría ser que el gobierno haga previamente ese esfuerzo adicional up front sugerido por el FMI.

Sobre el resto de las políticas, el informe nos deja en ascuas. No expresó ningún criterio sobre el tipo de cambio ni la política cambiaria, ni las expectativas de crecimiento para el año entrante (sobre lo cual mucho se ha especulado), ni los recursos externos necesarios para financiar la balanza de pagos, ni el nivel adecuado de reservas, ni el déficit fiscal y la política de captación para seducir al mercado con tasas, obscenas o no, pero suficientes para conseguir los recursos requeridos. Estas y otras interrogantes no se dilucidarán hasta febrero, cuando vuelvan y emitan el informe final.