Jorge Guardia. 23 septiembre

Incorregibles pesimistas e ilusos optimistas discuten arduamente sobre las perspectivas de la producción nacional: ¿Vamos de pique a una oscura y tétrica recesión o navegamos viento en popa hacia una soleada etapa de reactivación económica?

El gobierno y la Asamblea han tomado acciones de doble efecto: mejorar la macroeconomía y apaciguar las expectativas (presupuesto conservador; legislación sobre huelgas), pero nadie debe tañer campanas.

Como diría Aroma Flamenco: Ni la una ni la otra. Al observar la trayectoria del índice mensual de actividad económica (IMAE), se constata que es muy cíclica. Mientras en diciembre del 2017 la variación interanual alcanzó un 3,1 %, en junio del 2019 cayó al 1,3 %. ¿Por qué? La coyuntura actual exige responder si, al fin, tocamos fondo y solo queda una dirección: la de los cohetes. El oráculo de los dioses marca un punto de inflexión. Lo definen como un cambio de tendencia. Ven en la línea azul del gráfico 1 del último informe del IMAE que, desde mayo, la tendencia varió. La curva se aplanó y podrá subir. En julio, la variación interanual llegó al 1,5 %, dos décimas más que en junio anterior y, aunque una golondrina no hace verano, ya la aceleración mensual pasó de rojo a negro. Es una leve esperanza.

El BCCR —dios menor en la mitología— calcula que en los próximos meses el PIB repuntará y rondará el 2 % al romper los vientos frescos de diciembre. Señala factores pasajeros (agrícolas) y otros que podrían (tal vez) repuntar en respuesta a las bajas tasas de interés (inmuebles, comercio) y —agrego yo— hay atisbos de que la economía mundial evitará la recesión en respuesta a nuevas medidas expansivas decretadas por Powell, de la Fed, y Dragui, del BCE (y si Donald y Xi Jinping amanecen de buen talante).

Como ven, me cuelo entre los optimistas. Me alientan factores cualitativos que inciden en una variable importante: confianza. El gobierno y la Asamblea han tomado acciones de doble efecto: mejorar la macroeconomía y apaciguar las expectativas (presupuesto conservador; legislación sobre huelgas), pero nadie debe tañer campanas. Llegar al punto de inflexión y ver brotes primaverales no significa que, de pronto, pastamos en el verde valle de la reactivación. El FMI, ese odioso viejo agorero, advirtió que, aun con la tímida reforma fiscal, el crecimiento futuro será modesto, sin llegar a su potencial, estimado en un 3,5 % anual. Eso será insuficiente para bajar el desempleo y la pobreza, y multiplicar los panes y tamales en Navidad. Para festejar, faltan reformas estructurales que no se vislumbran en la mesa oficial.

El autor es abogado y economista.