Jorge Guardia. 30 julio

He tenido encuentros y desencuentros con colegas y amigos sobre las políticas comerciales de los países desarrollados. Unos condenan las tarifas impuestas por EE. UU., pero condonan las represalias de los demás; otros creemos que el comercio –el verdaderamente libre, sin aranceles, subsidios ni mañas– beneficia a todos, pero los tratados y la disparidad de aranceles vigentes en muchos países se apartan de ese ideal.

Mi visión es positiva. Evitar una guerra comercial favorecería la expansión mundial

Trump advirtió sobre esa disparidad y trató de renegociar tratados, pero le cerraron la puerta. Entonces, recurrió a una estrategia diferente: golpear primero para, luego, forzar a negociar. En el fondo, no era tan proteccionista ni hizo literalmente lo pregonado en campaña; más bien, enunció una doctrina diferente: comercio libre y equitativo (free and fair trade) y se dedicó a bastantear las fuerzas de sus socios comerciales one by one. En la última reunión del G7 les lanzó un colosal desafío: abolir todos aranceles y trabas regulatorias para abrazar un libre comercio total.

Esa nueva doctrina libertaria la puso en práctica con el presidente de la Unión Europea, Jean-Claude Juncker, mediante el acuerdo provisional firmado el 25 de julio pasado para detener la imposición de nuevos aranceles sobre automóviles europeos y las correspondientes represalias. Los dos dieron a conocer (uno eufórico, el otro resignado) la tregua acordada, la apertura del Viejo Continente para importar soja y gas líquido de EE. UU., y el deseo mutuo de llegar a abolir totalmente las barreras arancelarias y no arancelarias para los artículos manufacturados, salvo vehículos. Ese mismo día, las bolsas se dispararon.

¿Qué pensar del acuerdo? Mi visión es positiva. Evitar una guerra comercial favorecería la expansión mundial, pero –más importante aún– afirmar el compromiso de ayudarse a combatir el hurto tecnológico por China y enrumbarse hacia una nueva y ambiciosa meta de cero aranceles (algo que no logró Obama), significa mucho más que las tímidas escaramuzas en la OMC. También obligará a los economistas a replantear los riesgos sobre el crecimiento mundial y el de Estados Unidos, tras su impresionante expansión en el 2.º cuatrimestre (4,1 % real).

Dicho lo anterior, tampoco debemos lanzar las campanas al vuelo. La negociación con la UE apenas comienza, falta completar las rondas del TLCAN con México y Canadá y, desde luego, la más dura de todas las batallas: China. Aun así, me siento más optimista que la semana anterior.

Jorge Guardia es economista y abogado.