Jorge Guardia. 6 agosto

¿Recuerdan la pícara frase (quiasmo) “no son todos lo que están ni están todos los que son”? Yo la reformularía así: no todos los notables somos notables, pero hay uno que sí lo es y no está. No está, quiero decir, en ninguna de las comisiones integradas por el presidente Alvarado para reformar el Estado. Me refiero al Lic. Juan José Echeverría Brealey, notable de hecho.

Es notable por muchas razones: por sus conocimientos y aportes a la vida política del país, por haber dedicado buena parte de su vida a estudiar los problemas nacionales, por haber sido uno de los relatores del documento Bases del acuerdo para un gobierno de unidad nacional del grupo de notables (de hecho) coordinado por Rolando Araya, por su compromiso “por mejorar a la Costa Rica que todos amamos”, como resaltó el presidente al juramentar a los actuales notables, y por haber recopilado sus memorias en un reciente libro intitulado La Costa Rica que pudo ser, publicado por la Euned.

Como me gusta la buena prosa, lo que más disfruté fueron las memorias de su fecunda participación política al alero de sus mentores —don Pepe, Daniel, Macho Carazo y el cura Núñez— forjadores de la socialdemocracia en Costa Rica. Lo marcaron tempranamente la guerra civil del 48, los principios y valores revolucionarios (no peleó en San Cristóbal, pues aún usaba pantalones cortos) y los abusos cometidos durante la administración de mi pariente Calderón Guardia, a quien, sin embargo, redime por sus grandes aportes sociales: “Llegué a la conclusión (de) que la labor social del Dr. Calderón Guardia era de gran valor y debía ser reconocida, admirada, imitada y mejorada”. Yo le agradezco esas palabras, pues es algo que en la familia llevamos en la mente y en el corazón.

Entrando en materia, hay propuestas muy concretas para modificar el sistema electoral, ampliar y mejorar la representación popular, reedificar la división política administrativa, reestructurar las rentas y gastos del Estado, depurar el nombramiento de los magistrados y la elección de los diputados, reformas al reglamento de la Asamblea Legislativa y muchas más, algunas formuladas en los setenta y otras, posteriormente, pero todas mantienen plena vigencia.

¿Qué recomendaría yo? Dos cosas: leer y disfrutar el libro, sobre todo aquellos que, por su juventud, no vivieron los acontecimientos narrados, y que la actual comisión de notables (I) convoque al autor para oír de viva voz sus valiosas propuestas. No se habrán de arrepentir.