Jorge Guardia.   15 julio

Quiero terciar en el picante debate entre Eli Feinzaig (“Lo que revelan las minutas del Consejo Económico”) y el equipo económico integrado por varios ministros de Estado (“Programa del equipo económico y los errores de un articulista”). Voy a ignorar los rapapolvos entre ellos y a abordar tres temas de fondo: gasto público, crédito y reactivación económica.

Eli sostiene que el Consejo se reunió solo tres veces (versión no desmentida) y las actas revelan poca preocupación por reducir el gasto y reactivar el PIB; el Consejo responde que no se debe juzgar toda una labor por simples minutas diminutas y, acto seguido, enlista las acciones ya adoptadas. Ambos, creo yo, tienen algo que mostrar, pero el veredicto final lo darán los resultados: si son buenos, el Consejo se redime; si no, no.

¿Convenía un fuerte aumento de impuestos de entrada seguido por más endeudamiento externo y una paulatina reducción de gastos a mediano plazo?

De momento, las cifras no están saliendo bien. Aunque hay estabilidad (inflación, tipo de cambio), no hay sostenibilidad fiscal y palidece el crecimiento de la producción. El déficit fiscal sigue encrespado, el índice de actividad económica (IMAE) muestra una pendiente descendente; la proyección de crecimiento del Banco Central (3,2 %) no se cumplirá, no remonta la confianza del consumidor y el empresario teme invertir y emplear. Eso afectará la recaudación. Sin una clara reactivación, las finanzas públicas no reverdecerán ni bajarán el desempleo y la pobreza.

Eso nos (los) lleva a cuestionar si la estrategia oficial inicial fue la mejor. ¿Convenía un fuerte aumento de impuestos de entrada seguido por más endeudamiento externo y una paulatina reducción de gastos a mediano plazo? Yo lo habría hecho al revés: recortar el gasto mucho más al inicio (cerrar instituciones, achicar planilla, congelar salarios y todo el recetario para meter al Estado en cintura) y, después, ajustar impuestos.

Dos razones refuerzan mi pensar: el gobierno y su frondosa nómina absorben una porción muy alta del ingreso y era justo empezar por ahí; segundo, una reforma substancial del Estado habría suscitado menos resquemor. Sabemos que todo ajuste macro afecta el crecimiento, pero si el bisturí corta más la grasa oficial que el ingreso disponible del sector privado, el sufrimiento económico es menor y menos duradero, pues no mina la confianza. Sin este componente esencial, medidas como reducir tasas de interés, tendrán efectos limitados. Esta es la principal conclusión: no es tarde para enderezar el timón.

El autor es abogado y economista.