Jorge Guardia. 9 julio

Las recientes elecciones en México trajeron dos grandes sorpresas: el desplome de los partidos tradicionales y el cambio que, en pocos días, ha sufrido, para bien, Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Algo me dice que el precipitado vaticinio pesimista de los defensores del statu quo no se dará y, más bien, el cambio podría resultar saludable.

A mí no me asustan los candidatos de izquierda que, al gobernar, asumen plataformas macroeconómicas responsables y favorables al libre mercado

Tras la elección, AMLO morigeró su tradicional narrativa de izquierda. Declaró estar a favor de la independencia del Banco Central para garantizar baja inflación y, también, la flotación del peso para ajustar la balanza de pagos sin incubar crisis externas. Luego, ante el Consejo Coordinador Empresarial, aseguró buscar un manejo prudente de las finanzas públicas para mantener el equilibrio macroeconómico y preservar un ambiente favorable a la inversión externa y emprendimiento interno y avaló al actual equipo negociador del tratado de libre comercio (TLCAN) compuesto por técnicos competentes. Como resultado, el tipo de cambio, erizado el lunes tras el conteo, más bien ha bajado y, según analistas, las expectativas de depreciación e inflación son favorables.

Otra pinta inicial fue la conversación de media hora que sostuvo con el presidente Donald Trump. Ambos dijeron, por separado (checks and balances), que la conversación había sido más que cordial, compartían los mismos deseos de renegociar el TLCAN y harían un esfuerzo conjunto por controlar mejor la frontera. AMLO, al igual que Donald, opina que la mejor forma de refrenar la emigración es creando buenas oportunidades de empleo y mejores salarios.

Además, parece que hubo mucha empatía (química) entre los dos líderes, pues son más sus similitudes que las diferencias. Ambos son populistas, testarudos, tenaces y enfáticos ante la prensa, prestos a ignorar o rebatir con sarcasmo las críticas más acendradas. El nacionalismo de Trump –America first– se corresponde con el patriotismo de López Obrador –primero México– y comparten la aversión a la corrupción del orden establecido (López piensa revisar los contratos petroleros para verificar su legalidad).

A mí no me asustan los candidatos de izquierda que, al gobernar, asumen plataformas macroeconómicas responsables y favorables al libre mercado. No me sorprendería que el mexicano, tras la metamorfosis que empezamos a observar, haga un buen gobierno y logre mejores resultados económicos y sociales que Peña Nieto, el fotogénico pero controversial presidente actual.

jorge.guardiaquiros@yahoo.com