Jorge Guardia. 18 junio

La cumbre del G7, celebrada en La Malbaie, Quebec, debió haberse aprovechado para apaciguar la guerra comercial entre los países industrializados y solucionar los graves problemas del comercio internacional. Pero nada de eso ocurrió. Se abortó. ¿Quiénes fueron los responsables?

Mi interpretación es que Trump se enfrentó a una defensa descomunal de los tratados, dentro y fuera de su país, absolutamente reacia a aceptar cambios y, por eso, se brincó las trancas

Yo voy a dar una visión muy distinta de la transmitida en la prensa. Se inculpa al presidente Trump por no firmar el communiqué acordado en forma unánime, debido a declaraciones conminatorias posteriores del primer ministro canadiense, Justin Trudeau. ¿Se justifica la reacción de Trump? No. Pero tampoco la de los demás dignatarios, incluido Trudeau.

¿Por qué los incluyo a todos? Por no haber sabido identificar los problemas de los viejos tratados comerciales y no reconocer que el orden internacional, basado en esas normas y alianzas, refleja una situación muy ajena a la teoría del libre comercio y ventajas comparativas que los economistas respaldamos. La realidad es un enjambre proteccionista y discriminatorio inserto en los tratados comerciales por cálculo político o impulsos de grupos de interés.

Defender el orden actual ignora el principal problema de fondo: “El comercio ha impactado negativamente a grupos de trabajadores y comunidades”, según alertaron el FMI, el Banco Mundial y la OMC en un extenso trabajo conjunto publicado en marzo del 2017. Dicen: “Evidencia reciente sobre el efecto de la competencia de las importaciones en los trabajos manufactureros en ciertas localidades de Europa y Estados Unidos demuestra cuán duros pueden ser”. O, como recalcó Ruchir Sharma: “La globalización generó gran prosperidad, pero la élite fue la que más ganó. Conforme la inequidad creció, agitó grandes bolsones de resentimiento entre los dejados atrás” (The New York Times, noviembre del 2016).

Mi interpretación es que Trump se enfrentó a una defensa descomunal de los tratados, dentro y fuera de su país, absolutamente reacia a aceptar cambios y, por eso, se brincó las trancas. Si impone tarifas para corregir desequilibrios (con TLCAN, por ejemplo, Canadá protege sus lácteos con aranceles del 270 %), Canadá, México y la UE incurren en el mismo pecado en vez de aceptar que hay fallas por resolver. ¡Lástima!, porque se estaban acercando. El communiqué de La Malbaie contenía una frase clave que ya Trump había aceptado: “Reducir tarifas, barreras no arancelarias y subsidios”, pero Trudeau, tras de la cumbre, sacó el florete y exclamó: ¡Touché! Entonces, todo se vino abajo.

jorge.guardiaquiros@yahoo.com