Jorge Guardia. 8 julio

El paso fugaz de Edgar Mora por la cartera de Educación —diría Neruda en su “Farewell”— fue como el amor de los marineros que besan y se van: dejan una promesa, no vuelven nunca más...

Yo lo veía venir, no por esta huelga tonta, corta y débil, sino por la otra, larga y devastadora, en la cual Mora incurrió en mora con el ciclo lectivo al consentir un paro capaz de desquiciarlo durante tres meses y más, sin demostrar aplomo o firmeza para extirpar el mal desde su iniciación.

Pero el país debe saber que Mora no actuó solo ni fue el único en generar zozobra. Tuvo compañeros de viaje.

Prolongadas vacaciones pagadas a un gremio que, en aquella ocasión, maleducó con el ejemplo. No hubo sanciones, no hubo reproches ni conminaciones por abandono del trabajo. Dejó niños al garete y padres de familia en desespero y le infligió al país un alto costo estimado por el Banco Central en un 0,3 % del PIB.

No. Yo no lamento su partida, pero tampoco quiero hacer leña del árbol caído. No lo subestimo como intelectual ni creo que estaba insuficientemente preparado académicamente para desempeñar el cargo (fue a la misma alma mater en Cambridge, Massachusetts, donde yo me eduqué); más bien, creo que su separación era inevitable. Tenía una agenda educativa no compartida por todos (LGTBI, asesores cubanos), dubitativa visión del papel de la educación para responder a las necesidades del mercado laboral (pertinencia, educación dual) y fue indolente con la disciplina del gremio que debía liderar.

Pero el país debe saber que Mora no actuó solo ni fue el único en generar zozobra. Tuvo compañeros de viaje: Hacienda, por exacerbar la situación fiscal e infundir temor (invocar a Carazo, precipicio fiscal); el BCCR, al consentir una corta, pero innecesaria corrida cambiaria e intervenir a destiempo; Seguridad, por incumplir la ley frente a los bloqueos; y, sobre todo, la presidencia, por haber demostrado tanta debilidad y reprimir a la Policía cuando cumplía su deber en las vías adyacentes a la UCR, allá en el 2018. También son de inculpar los sindicalistas, estudiantes y educadores reacios a deponer privilegios (usan a los estudiantes para defender demandas irracionales, escribió Guiselly Mora), pero discrepo de quienes afirman, erróneamente, que iglesias, fabricistas y otros grupos conservadores deben ser reprimidos, descalificados y silenciados por sus ideas. Ellos, al igual que los demás, tienen derecho a manifestarse pacíficamente y luchar por sus valores. Es la esencia de la democracia representativa que defendemos los verdaderos liberales.

El autor es abogado y economista.