Jacques Sagot. 14 marzo

Un kayak se vuelca en el río Sarapiquí y nos deja el saldo de una mujer muerta, ahogada bajo la pesada rama de un árbol que por ahí flotaba. Otro kayak naufraga en el mar: perece el guía. Tres botes de rafting se aventuran en las aguas lodosas y turbulentas del río Naranjo y, a los pocos minutos, tres de ellas zozobran, con cinco muertos por resultado.

Un catamarán desafía las traicioneras aguas de un agitado golfo de Nicoya, la embarcación queda patas arriba después del empellón del agua y el viento, y tres personas mueren ahogadas.

En Guanacaste, una avioneta en vuelo se desploma y estalla en llamas. Mueren 12 personas: 10 estadounidenses (dos familias enteras) y ambos pilotos. Nadie es capaz de proponer la menor hipótesis para explicar tal masacre.

En río La Suerte, en Pococí, un árbol cae sobre un bote con 20 turistas y lo parte a la mitad. Muere uno de ellos, y cinco quedan gravemente heridos.

Tenemos un trencito folclórico, chucu-chucu, que colisiona, descarrila o se vara tres veces al día. Una verdadera leyenda urbana. Un cacharro que en el futuro generará una profusa literatura mítica: algo así como La carreta sin bueyes o El buque fantasma. (No, amigos: no hablo desde mi “elitismo”, yo, que solo viajaría en limusina y nada conocería del transporte público de mi país: no tengo ni he tenido jamás carro propio. Me desplazo en taxis y, cuando mi salud me lo permite, en buses. En el gremio de los taxistas se cuentan algunos de mis mejores amigos).

Nuestro pacífico y hospitalario país se ensaña con las mujeres: una mexicana, una española y una venezolana fueron violadas, asesinadas, desmembradas y destripadas en años recientes. Una pareja de franceses desapareció como por ensalmo y aún no se sabe nada de ellos. El horror de los desaparecidos: en casa los aguardan y los seguirán por siempre aguardando. Sin la evidencia de los cadáveres, sus familiares no podrán nunca elaborar el duelo de la pérdida. Vivirán de fantasías: cada vez que suene el teléfono o el timbre la puerta, los niños alentarán la ilusión de que podría tratarse de sus seres amados.

Industria en peligro. El turismo representó el 6,3 % del PIB de nuestro país en el 2016 y generó $3.864 millones en divisas en el 2017. Atrajo 3 millones de visitantes el año pasado, a él debemos el 27 % de la fuerza laboral del país (600.000 personas) entre empleo directo e indirecto.

El turismo genera más ingresos que la exportación de banano, piña y café juntos. Es uno de los sectores económicos de más rápido crecimiento y fuente del 35,4 % de las exportaciones. Todo eso es cierto, sí. O era cierto –convendría precisar–. Porque con las irresponsabilidades y disfuncionalidades que estos catastróficos accidentes han desnudado, nuestro turismo se ha enfermado de gravedad. Ya hay turistas que van por el mundo exhibiendo camisetas con inscripciones como “En Costa Rica la vida no vale un céntimo” o “Si quiere morirse, viaje a Costa Rica”. Las andan mostrando justamente en ferias turísticas y lugares de altísima exposición pública y mediática. Es una herida mortal para nuestro país.

Riesgos. Las agencias promotoras del turismo “de aventura” se jactan de la seguridad de sus regulaciones y protocolos. Sin embargo, ya hay exempleados que han declarado: “Muchas veces los vi tomarse enormes riesgos con los turistas, en circunstancias que ameritaban mucha mayor prudencia”.

Por lo que a mí atañe, me siento sucio, venal y deshumanizado subrayando el daño que el prospecto de un turismo declinante le acarrearía a nuestra economía. Es inmoral y antiético de mi parte plantear las cosas en esos términos, y hacer de las cifras, los porcentajes y las divisas mi preocupación fundamental.

Es un acto de cinismo incalificable. Porque lo único realmente importante aquí es el hecho de que se perdieron vidas, muchas vidas, y hay, en el preciso momento en que escribo, seres humanos llorando, seres humanos cuyas vidas están destrozadas, seres humanos a quienes no compensará ninguna indemnización imaginable, seres humanos cuyos universos se han desintegrado, como un sistema planetario ante el estallido de una supernova.

Sus vidas nunca volverán a ser lo que fueron. Han quedado marcados con hierro candente para siempre. Existencias dislocadas, núcleos familiares trastornados, cuando no borrados de un plumazo, microcosmos humanos que ahora son pozos insondables de dolor.

Sin perdón. El dolor de la pérdida, el dolor de la ausencia, el dolor de lo irrecuperable y lo irreversible. El filósofo francés Vladimir Jankélévitch decía: “Todo en el mundo se puede perdonar… salvo lo imperdonable”. Lo que hemos hecho, amigos y amigas, califica de imperdonable. Así que es vil, mezquino, miope y perverso considerar esas tragedias únicamente desde la perspectiva del posible daño que acarrearán a la imagen de país paradisíaco que le hemos vendido al mundo y de la merma de ingresos que ello nos signifique.

Estamos estafando al mundo, y el mundo, señores y señoras, no es tonto. Nuestra negligencia y falta de seguridad ya corre por las redes sociales, y al día de hoy somos paradigma de peligro y amenaza para el turismo internacional. Está bien que así sea. Si tal es el caso, el mundo merece saber la verdad. Los costarricenses merecemos también saber que hay dos Costa Ricas: una es la que usamos para nuestra imagen “de exportación”, la otra es la que ocultamos como una úlcera purulenta, como un pestífero absceso y sustraemos de la mirada mundial. Pero el mundo todo lo ve: estamos en la era del panoptismo, y pueden tener ustedes la seguridad de que nada queda oculto bajo el sol.

Hemos subestimado el poder de los elementos. Hemos irrespetado el telúrico, monstruoso poder de ríos, océanos, vientos, cráteres, fuego, lluvias, montañas, junglas, nubes. En suma, hemos pecado de hybris (exceso, irrespeto, voluntad de equiparación con lo divino) a ojos de los dioses griegos, el más punible de los delitos.

Hemos sido arrogantes y descuidados. Nos hemos convertido en una trampa mortífera, y el mundo comienza a vernos como tal. Se impone, de manera perentoria, una revisión profunda de las regulaciones que permiten la recreación en la naturaleza de nuestros visitantes. Eso y, por supuesto, evitar, de ser posible, que esas personas que llegan a nuestras latitudes llenas de ilusión –¡pobres ingenuos!– para conocer “el país más feliz del mundo” salgan de él violadas y descuartizadas.

¿El país de la paz? ¡No me hagan reír! ¿Saben lo que le hace falta a este país de manera urgentísima? Autocrítica. La más rigurosa e implacable que sea dable concebir. Eso sería un auténtico acto de amor. Lo demás no pasa de ser propaganda, fanatismo y patrioterismo barato.

El autor es pianista y escritor.