Columnistas

¿El ocaso de una democracia?

La enfermedad política llamada Donald Trump está probando ser más peligrosa desde la llanura que cuando estaba en el poder

Es una fortuna que los Estados Unidos no tengan embajada en Washington, porque, de tenerla, ya se habrían asestado un golpe de Estado a sí mismos. Esto, por supuesto, es una broma que yo solía decir en mis discursos en ese país, pero en ella asoma una verdad irrefutable: la vasta mayoría de los golpes de Estado que acontecen en todas las latitudes son fraguados en las embajadas de los Estados Unidos.

Esa gran nación ha exportado —o impuesto manu militari— “democracias” en el mundo entero, con el pequeño inconveniente de que esas “democracias” eran la mayor parte de las veces dictaduras militares de extrema derecha sufragadas y sustentadas por los gobiernos de los Estados Unidos, en particular los de orientación republicana, que han sido los más invasivos e injerencistas.

Los Estados Unidos han perdido el derecho moral a predicar y “exportar” la democracia. En las últimas elecciones, el país asistió a actos incalificables de violencia, de manipulación mediática y de crispación política, síntomas inequívocos de una democracia gravemente enferma.

La toma del Capitolio hace un año por una horda de rufianes y cabezas calientes es un hito funesto en la historia de ese gran país. Fue un acto inimaginable en un Estado de derecho. No fue un exabrupto cualquiera: el incidente dejó muertos, heridos y la terrible sensación de que las masas, en los Estados Unidos, son tan inflamables y manipulables como en cualquier país inculto y carente de tradición civilista.

Esa enfermedad política llamada Donald Trump está probando ser más peligrosa desde la llanura que cuando estaba en el poder. Trump ahora lidera una campaña destinada a deslegitimar el triunfo de Joe Biden, aduciendo que fue espurio, amañado y una traición al electorado.

El ego de Trump no puede soportar la simple verdad de que le dieron una paliza de más de 7 millones de votos de diferencia. El mensaje fue claro: no más fanfarronadas, no más machismo, no más misoginia, no más xenofobia, no más supremacismo WASP (white anglo-saxon protestants).

Los estadounidenses no solo votaron por un cambio político: votaron además por una revolución axiológica fundamental: todos los antivalores que Trump representaba fueron rechazados. Fue una elección histórica y de gran significado.

Estrangulamiento de la democracia

Pero Trump y su Partido Republicano, como la mandrágora, siguen estrangulando la democracia estadounidense, envenenándola con su patológica paranoia y su ego adolorido que pide a gritos venganza.

Es incuantificable el daño que le está haciendo a su país. Bajo su liderazgo, senadores y congresistas republicanos, cómplices de la mentirosa versión de que Joe Biden ganó las elecciones del 2020 mediante un fraude, impiden que se voten dos proyectos de ley en el Senado de suma importancia: la Ley de Libertad de Voto y la Ley del Derecho al Voto John R. Lewis.

La primera ley reduce el impacto de los esfuerzos estatales controlados por los republicanos para restringir la votación y detener el conocido gerrymandering, proceso mediante el cual los legisladores estatales rediseñan los distritos electorales para que los favorezcan, de tal manera que siempre logren una mayoría.

La Cámara de Representantes ya aprobó estas legislaciones sobre los derechos electorales. En el Senado, el miércoles 19 de enero, los 50 senadores republicanos más 2 demócratas enterraron los dos proyectos de ley.

La regla del obstruccionismo se ha utilizado con frecuencia durante muchos años para bloquear leyes relacionadas con los derechos civiles en el Senado y ahora no fue diferente.

Reputación democrática en picada

Los Estados Unidos están perdiendo el derecho de convertirse en modelo de democracia, así como el respeto, su autoridad moral y su reputación de democracia por excelencia. Sumemos a esto el hecho de que es un país violento, donde las armas circulan libremente en manos de adolescentes, de criminales y de fanáticos.

De manera periódica, somos testigos de la tragedia de alguna matanza masiva de personas en diversos ámbitos sociales. Por desgracia, los psicópatas y asesinos son una especie abundante en esas latitudes.

Todo esto conspira contra la noción misma de lo que es una democracia. Un pueblo que vive en el terror, en el resentimiento, en el rencor político y envenenado por toda suerte de supercherías conspirativas no puede aparecer ante el mundo como arquetipo platónico de democracia.

No debemos descuidar nuestra democracia y darla por sentada, hay que rescatarla constantemente de la amenaza de la demagogia, del populismo y de los delirios autoritarios. En la defensa de la democracia de los Estados Unidos o de cualquier otro país no es posible el descanso.

Debemos velar su sueño y custodiar su vigilia todos los días. Lo he dicho muchas veces, las democracias no pueden defenderse en retrospectiva. Es en el momento mismo de la amenaza cuando hay que alzar la voz y denunciar. Luego puede ser demasiado tarde.

Como con mucho acierto lo ha expresado mi querida amiga Velia Govaere, “…el trance que vivimos no es el dilema de una corriente política, sino una crisis de sistema. Tanto en países desarrollados como emergentes, amenazas populistas contaminan todos los entornos y los sistemas políticos se baten a la defensiva. Esa recesión democrática es la piedra angular resquebrajada de los cimientos de nuestra civilización”.

Como diría Victor Hugo: “¿Con qué nombre nombrarte, hora turbia en la que somos?”.

oscar@arias.cr

El autor es expresidente de la República.