Elizabeth Drew. 30 enero, 2019

WASHINGTON, DC – Quienquiera que fue el que le explicó al entonces presidente electo Donald Trump qué significaba ser presidente –si alguien lo hizo– se olvidó de mencionarle que en ocasiones un presidente pierde una pelea política. Esa persona también se olvidó de explicarle al presidente en espera de Estados Unidos que hacer una gran promesa que tal vez no pudiera cumplir le exigía encontrar la manera de impedir que sus seguidores más fervientes se le volvieran en contra cuando no la cumpliera.

Una preparación descuidada para el cargo, junto con la personalidad distorsionada de Trump, condujo a la cuasi parálisis de gran parte del gobierno federal durante 35 días, el período más largo en la historia de Estados Unidos, lo que terminó afectando a unos 800.000 empleados inocentes y, en definitiva, humillando a un presidente que le da mucha importancia a que se lo vea fuerte. Pero, al igual que la mayoría de los matones, Trump ocasionalmente da muestras de su debilidad interior.

Pelosi claramente desorienta a Trump. Él nunca ha tenido que lidiar con una mujer tan inteligente, digna y tenaz como ella

Una persona que lo percibió es Nancy Pelosi, la portavoz de la Cámara de Representantes. Al regresar de una reunión televisada en la Casa Blanca con el presidente y el líder de la minoría del Senado, Chuck Schumer, el pasado diciembre, Pelosi informó a sus colegas demócratas sobre la insistencia casi alucinógena de Trump de reunir fondos para un muro en la frontera entre Estados Unidos y México a fin de mantener afuera a los inmigrantes ilegales. “Para él es como una cosa de hombría”, dijo Pelosi. “Como si alguna vez se lo pudiera asociar con la hombría”.

Trump se había metido en un atolladero importante. Un problema era que nunca pensó que iba a ganar la elección, lo que implicó que podía prometer cualquier cosa sin preocuparse por cumplir o no con lo que prometía. A comienzos de enero, The New York Times informó que el exasesor de larga data de Trump, el ahora imputado Roger Stone, sugirió usar la idea de construir el muro para ayudar al constructor profesional a no olvidarse de hacer referencia a la inmigración, que iba a ser un tema importante para él, en sus mítines de campaña.

La jugarreta funcionó demasiado bien. Trump llegó a depender del muro para mantener vivas a las audiencias de los mítines. “¿Y quién pagará por el muro?”, le gritaba a su público. “¡México!”, respondían las masas al unísono. Por supuesto, México no tenía ninguna intención de pagar ese muro.

Pelosi, como Trump supo después, no es la “liberal de San Francisco” timorata de fama republicana. Aunque se inclina hacia la izquierda en sus posturas políticas, es estratégicamente pragmática y todo lo dura que amerite una situación. En verdad, es un producto de la política de nudillos de metal de Baltimore, donde su padre era el alcalde jefe.

Pelosi claramente desorienta a Trump. Él nunca ha tenido que lidiar con una mujer tan inteligente, digna y tenaz como ella. Pelosi es su único rival político conocido a quien Trump todavía no le ha podido encontrar un apodo fulminante (como en “corrupta Hillary”): “Nancy, como yo la llamo”, dijo, cuando empezaba a perder fuerza frente a ella, lo que generó burlas en gran parte de Washington (y en Twitter).

La inmadurez y el pésimo criterio de Trump quedaron expuestos cuando, en su reunión de diciembre con Pelosi y Schumer, dejó escapar: “Estoy orgulloso de cerrar el gobierno para una seguridad fronteriza”. Y agregó: “Tomaré las riendas. Seré yo quien lo cierre”. Schumer visiblemente hizo un esfuerzo para no reírse ante el error monumental de Trump. Cualquiera que esté mínimamente informado sabe que la persona que causa el cierre del gobierno pierde en las encuestas de opinión. Trump había caído en su propia trampa.

Cada vez que hay un cierre del gobierno, los norteamericanos aprenden tres mismas cosas: que los trabajadores federales –despectivamente llamados “burócratas”– son seres humanos con familias, enfermedades y otras cuestiones; que la mayoría no vive en la zona de Washington, sino que están diseminados por todo el país; y que los contratistas del gobierno también se ven afectados –no Boeing y otros por el estilo, sino personal de limpieza de edificios, trabajadores de cafeterías y demás–. Entonces, además de los 800.000 trabajadores del gobierno –algunos suspendidos, algunos a los que se les exige trabajar sin cobrar–, se calcula que otro millón de trabajadores también se ven afectados directamente. Es más, los restaurantes y otros pequeños negocios en la cercanía de las instalaciones del gobierno sufren la falta de actividad. Las historias sobre el impacto duro del cierre del gobierno rápidamente pasaron a dominar las noticias.

A medida que el cierre se fue prolongando, políticos de ambos partidos empezaron a intranquilizarse. Los republicanos de zonas con muchos trabajadores del gobierno, muchos de ellos pertenecientes a la base de Trump, se volvieron impacientes. A muchos demócratas les comenzó a preocupar que, si bien la gente depositaba gran parte de la culpa por el cierre en Trump, la intransigencia de Pelosi se les empezara a volver en contra. Pero Pelosi se mantuvo firme, aconsejando paciencia y explicando que, en el mismo instante en que los demócratas le ofrecieran a Trump el dinero para su muro, le estarían haciendo el juego a Trump y perderían su argumento de que el gobierno no debe cerrarse por un desacuerdo político.

Después de que los trabajadores del gobierno se fueron sin su primer pago, empezaron a circular anécdotas políticamente dañinas: una mujer que tendría que decidir entre la quimioterapia y pagar la renta; un guardia de la Smithsonian Institution amenazado con un desalojo; padres que no podían explicarles a sus hijos por qué no estaban trabajando y no tenían dinero.

Multimillonarios de la administración, como el secretario de Comercio, Wilbur Ross, hicieron comentarios estúpidos (como “¿por qué no piden un préstamo?”). Algunos empleados que se vieron obligados a trabajar sin cobrar, en particular los controladores del tráfico aéreo, se reportaron enfermos. Empleados del FBI, entre otros, hacían fila en los bancos de alimentos. Los niveles de aprobación de Trump se desmoronaron. Las demoras en las aerolíneas se volvieron moneda corriente. Finalmente, el líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell, que por sobre todas las cosas quiere mantener el Senado en manos republicanas, advirtió a Trump que su bando estaba perdiendo la guerra de las relaciones públicas.

La advertencia de McConnell, además de las expresiones de furia de los republicanos hacia funcionarios de la administración, cambiaron el rumbo de los acontecimientos. El viernes 25 de enero, después de cinco semanas de poner en peligro la vida de miles de trabajadores, y de hacer sentir miserables a millones de personas inocentes, Trump cedió. Aceptó abrir el gobierno por tres semanas, sin ninguna promesa de financiamiento del muro; se esperaba hallar una resolución en ese tiempo. Trump se había ido con las manos vacías.

Como es su costumbre, Trump intentó camuflar su retirada. En un discurso en Rose Garden, habló con estadísticas engañosas ya familiares sobre supuestos delitos cometidos por inmigrantes ilegales y mintió sobre cómo entran las drogas al país –omitiendo mencionar que la mayoría ingresan por puertos legales de entrada en autos, camiones y trenes, y no por agujeros en la frontera sur–.

Pelosi había superado tácticamente a Trump. De repente, el presidente no parecía tan peligroso; había intentado varias estratagemas: un discurso televisado a nivel nacional desde la Oficina Oval que hasta él mismo sabía que era pesado; una visita a la frontera sur que ni siquiera él pensaba que haría cambiar de opinión a alguien; amenazas de construir su “muro” –que a esa altura se había convertido en lamas de acero– decretando una emergencia nacional (que probablemente aterrizaría en las cortes), aunque prácticamente nadie coincidió en que había una emergencia–. En verdad, las entradas a Estados Unidos por la frontera sur son menos que en años anteriores.

Sin ir más lejos, esa noche de viernes cuando Trump cedió, yo estaba en un restaurante donde Pelosi y su marido, Paul, estaban cenando con otra pareja. Cuando la portavoz de la Cámara dejó la mesa, los clientes y el personal la aplaudieron. Una camarera de pie junto a mí estaba al borde de las lágrimas. Y dijo con la voz entrecortada: “Necesitamos a alguien que pelee por nosotros”.

Elizabeth Drew es una periodista radicada en Washington y autora, más recientemente, de Washington Journal: Reporting Watergate and Richard Nixon’s Downfall. © Project Syndicate 1995–2019