Columnistas

El futuro de la resistencia no violenta

El éxito de los movimientos civiles dependió en el pasado de gobiernos con estatura moral para reconocer la justedad de la causa y apoyarla

En el mundo clásico antiguo, el poder y la fuerza se valoraban para calificar el heroísmo. Con la irrupción de la cultura judeocristiana, el concepto fue redefinido y, como fuente de heroicidad, se toman la verdad y el servicio al prójimo.

En lo que respecta a los valores, fue una revolución copernicana, y la razón por la cual, milenios después, el principio de resistencia pacífica o no violenta prosperó en sociedades como la británica o en la democracia estadounidense; ambas, con centros de poder o regímenes sustentados en esa moral y cosmovisión judeocristianas.

¿Cuáles son los primeros antecedentes y casi los únicos en la historia humana en los que tuvieron éxito los movimientos de lucha no violenta? El primero lo protagonizó Gandhi contra el colonialismo o raj británico en el subcontinente indio. Buena parte de la opinión intelectual, como la del filósofo indio Vishal Mangalwadi, es que, si el control de aquellos territorios hubiera estado en manos de un régimen con un sustrato ideológico de otra naturaleza, como el nazi o el leninista, la estrategia de la no violencia habría sido absolutamente infructuosa.

Incluso, Vishal sostiene que esa misma es la razón por la cual fue posible la abolición pacífica de la esclavitud en la Inglaterra de principios del siglo XIX.

El segundo antecedente exitoso de un movimiento no violento es el de los derechos civiles en Estados Unidos. Se extendió a lo largo de las décadas del 50 y 60, y fue dirigido por el reverendo Martin Luther King.

Como resultado de aquella resistencia pacífica, la población afroestadounidense alcanzó la igualdad ante la ley y la abolición de todo tipo de segregación racial. Buena parte del éxito de esas luchas radicó en que los gobiernos que debieron enfrentar esos movimientos civiles —John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson— respaldaron la gran mayoría de las demandas de los manifestantes. En otras palabras, eran gobiernos con la suficiente estatura moral para reconocer la justeza de la causa y apoyarla.

Terrenos estériles. La dura realidad que debemos reconocer es que la estrategia de resistencia no violenta es inviable en otro tipo de regímenes. Las ilustraciones abundan, ya sea en los totalitarismos fascistas, socialistas o islámicos.

Por una parte, la caída del nazismo y el fascismo solo fue posible después de una encarnizada guerra cuya consecuencia fue la muerte de aproximadamente 50 millones de personas y la devastación de los continentes europeo y asiático.

Por otra parte, la caída del totalitarismo socialista, setenta años después de brutales represiones y purgas, no fue resultado de una larga resistencia pacífica ciudadana, sino consecuencia de una fulminante y rápida implosión del sistema, que terminó por derrumbarse desde adentro debido a sus gravísimas contradicciones internas; entre otros factores, el más contundente de ellos fue la total inoperancia en el abastecimiento de bienes indispensables para subsistir. Esto, repito, después de décadas de represión armada contra la población.

Es cierto que fuimos testigos de movimientos de resistencia populares exitosos en regímenes islámicos, como la Primavera Árabe (2010-2012), pero la realidad es que su éxito dependió de una circunstancia particular: el respaldo de las fuerzas militares de sus respectivos países.

Así, sucedió en Libia, Egipto y Túnez, donde los gobernantes cayeron gracias al apoyo militar. Por el contrario, en Siria, la resistencia no contó con el apoyo del ejército y, como es sabido, derivó en una infructuosa y sangrienta guerra civil. Dicho de otro modo, el fenómeno de la Primavera Árabe consistió en golpes militares acompañados de levantamientos populares, y por eso debe descartarse como el éxito de una resistencia pacífica.

Componente ideológico. Finalmente tenemos los movimientos populares no violentos surgidos contra los regímenes de Cuba (2021) Nicaragua (2018) y Venezuela (2014-2017). ¿Por qué no han tenido éxito?

La razón del fracaso radica en la naturaleza ideológica de los regímenes que confrontan la resistencia. En Nicaragua, cuyo gobierno se anuncia mediante propaganda en vallas por toda su geografía como «cristiano, socialista y solidario» está claro que no se trata de un régimen de fundamentos cristianos en lo absoluto.

Para ilustrar el punto, es inimaginable una relación entre el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) con la Organización Demócrata Cristiana de América, cuyos partidos miembros son adversarios históricos del FSLN en razón de los valores judeocristianos que la ODCA defiende.

Al gobierno cubano, sus fundamentos leninistas, expresamente afirmados en el preámbulo de todas sus Constituciones, también en la del 2019, lo ubican en una filosofía de corte materialista.

Venezuela resulta ser una suerte de sincretismo entre el leninismo y las prácticas del animismo santero. Eso, de acuerdo con investigaciones serias sustentadas en prueba documental y testimonial, efectuadas por profesionales en periodismo como David Placer o Ludmila Vinogradoff. Sus estudios han sido publicados en medios prestigiosos, como el español ABC, La Vanguardia y El Universal de México.

La experiencia histórica nos demuestra que la estrategia de resistencia civil no violenta es imposible en regímenes cuyo fundamento filosófico niega los valores de la libertad expresados al inicio de este artículo y, por ello, el éxito futuro de los movimientos de resistencia pacífica dependerá tanto del hecho de que en la cultura de nuestras sociedades occidentales se consoliden los valores espirituales originarios como de que esos valores sean abrazados por sus regímenes.

fzamora@abogados.or.cr

El autor es abogado constitucionalista.

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