Por: Filippo Grandi.   6 septiembre

GINEBRA – A principios de julio, visité el asentamiento de refugiados Kutupalong en Bangladés, que hoy alberga a cientos de miles de rohinyás huidos de la horripilante violencia que sufrieron en Birmania. Con las lluvias monzónicas machacando el techo, vi a jóvenes de ambos sexos que aprendían los rudimentos de la lectura, la escritura y la aritmética durante apenas dos horas al día. Tras eso, había que entregar el aula al siguiente grupo de alumnos.

Era sobrecogedor ser testigo de esta triste semblanza de escolarización adecuada, más aún porque estaba muy claro que valoraban su educación. Sin ella, su futuro y el de sus familias y comunidades quedará irreparablemente dañado.

Con independencia de su nacionalidad o estatus legal o el de sus padres, los niños refugiados tienen el derecho a recibir las lecciones formales que les permitan prosperar

Más de la mitad de los refugiados del mundo son niños, pero entre los refugiados en edad escolar más de la mitad no reciben educación. En total, cuatro millones de mentes jóvenes no reciben la escolarización que precisan para hacer realidad su potencial. Peor aún, solo el año pasado la cantidad de niños refugiados sin escolarización aumentó en 500.000. Si continúa esta tendencia, cientos de miles de otros niños refugiados se añadirán a las filas de quienes carecen de educación.

Está claro que existe una urgente necesidad de más inversión en educación para los refugiados. Como parte de su Agenda de Desarrollo Sostenible para el 2030, los Estados miembros de las Naciones Unidas se comprometieron a promover “oportunidades educativas permanentes para todos”. Y en la Declaración de Nueva York sobre Refugiados y Migrantes del 2016, los gobiernos prometieron compartir la responsabilidad por los refugiados del mundo y mejorar el acceso a la educación para los niños refugiados. Fueron compromisos importantes, pero sonarán vacíos hasta que los jóvenes refugiados tengan las mismas oportunidades que los demás para ir a la escuela.

Los actos de violencia y persecución que quitan sus hogares a la gente, destruyen vidas de familias estables y obligan a muchos a vivir en la pobreza también dañan el bienestar físico y psicológico de los niños, que suelen ser los más afectados a medida que las crisis de refugiados se profundizan y multiplican por el mundo.

Pero su resistencia es extraordinaria. Encuentran maneras de enfrentar su situación mediante el aprendizaje, los juegos y la exploración. Y si se les da la oportunidad, incluso pueden florecer. Por esta razón en la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) consideramos la educación como una parte fundamental de la respuesta a los refugiados. Puesto que las poblaciones desplazadas hoy pasan años y hasta décadas en el exilio, un niño refugiado puede llegar a pasar toda su infancia sin regresar a casa.

Más aún, los jóvenes refugiados tienden a ser desplazados varias veces antes de cruzar una frontera. Para los niños cuyas vidas se han interrumpido de este modo, la escuela suele ser un espacio donde recuperar un grado mínimo de seguridad, amistad, orden y paz.

Con independencia de su nacionalidad o estatus legal o el de sus padres, los niños refugiados tienen el derecho a recibir las lecciones formales que les permitan prosperar. Dos horas al día no es suficiente. Necesitan un plan de estudios adecuado que cubra la escuela primaria y secundaria para adquirir las habilidades necesarias para una formación universitaria o superior.

Para que ello ocurra, los niños refugiados se deben incluir en los sistemas educativos nacionales de los países anfitriones. En Bangladés, muchos niños y niñas rohinyás van a la escuela por primera vez, lo cual es un avance bienvenido. Pero la falta de maestros formados y planes de estudios formales limitará gravemente sus perspectivas en el futuro.

Por supuesto, el poder de la educación es más profundo que las calificaciones académicas. El aprendizaje puede ayudar a los jóvenes a sanar y revivir países enteros. Los niños refugiados que reciban una educación adecuada crecerán para contribuir tanto a sus sociedades anfitrionas como a sus hogares cuando la paz les permita regresar.

Este potencial a largo plazo hace de la educación una herramienta clave para resolver las crisis mundiales. Hemos visto a jóvenes refugiados que reciben educación continua hasta convertirse en cirujanos, pilotos, abogados, estadísticos, periodistas, líderes comunitarios, biólogos moleculares y profesores de la generación siguiente.

Pero también hemos visto que los sueños de demasiados jóvenes refugiados acaban frustrados. Menos de un cuarto de los refugiados del mundo logra acceder a la educación secundaria, y apenas un 1 % llega a niveles superiores. El problema es que un 92 % de los refugiados en edad escolar del mundo se encuentra en países en desarrollo con escuelas terriblemente mal financiadas. Algunos gobiernos ya están intentando integrar a los niños refugiados a sus sistemas educativos nacionales, pero si han de lograrlo necesitan mucho más apoyo para ampliar la infraestructura necesaria.

La solución al problema educacional de los refugiados no pasa por lanzar niños a un sistema paralelo de escolarización que dependa de materiales obsoletos, aulas precarias o profesores sin formación. La educación improvisada nunca será lo suficientemente buena.

Por eso, las organizaciones humanitarias, los gobiernos y el sector privado deben unir esfuerzos por ampliar los fondos destinados a educación y crear programas innovadores y sostenibles para apoyar las necesidades educacionales específicas de los refugiados. Tenemos que ir cumpliendo el compromiso de la Declaración de Nueva York y pasar de las palabras a los hechos.

Más entrado este año, la Asamblea General de la ONU adoptará el Pacto Global sobre Refugiados, que describe un marco para el logro de los objetivos de la Declaración de Nueva York de mejorar la autonomía de los refugiados y alivianar la carga de los países anfitriones.

Para tal fin, toda iniciativa de transformación de las vidas de los refugiados debe incluir un impulso concertado para que accedan a más oportunidades y recursos educacionales. Es la única manera de recuperar sus perspectivas de futuro, y una de las mejores formas de asegurar un mundo mejor para todos.

Filippo Grandi es el alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. © Project Syndicate 1995–2018