Yoichi Funabashi. 22 enero

TOKYO – La Brookings Institution de Washington D.C., quizás el principal centro de estudios, grupo de expertos o think tank del mundo, se encuentra bajo escrutinio por haber aceptado donaciones de seis cifras del gigante chino de las telecomunicaciones Huawei, en lo que muchos consideran una amenaza a la seguridad. Y desde el bárbaro homicidio del periodista saudita Jamal Khashoggi en octubre pasado, muchos otros centros de estudios están recibiendo presiones para dejar de aceptar donaciones de Arabia Saudita.

Estas controversias han dado paso a una narrativa de que los centros de estudios con sede en Washington sufren una crisis de financiamiento. De hecho, los think tanks tradicionales enfrentan tres retos importantes que los han puesto en una posición complicada. No solo deben competir cada vez más con centros de estudios con ánimo de lucro como el McKinsey Global Institute y el Eurasia Group, sino que tienen que negociar en un ambiente de crecientes tensiones geopolíticas, en especial entre Estados Unidos y China. Para complicar más las cosas, muchos ciudadanos, aguijoneados por arengas populistas, se han vuelto despreciativos de los “expertos” y los análisis basados en hechos que producen (o al menos deberían producir).

Se ha difuminado la frontera entre hechos y opiniones, y ha aumentado la desconfianza de la gente ante las fuentes respetadas de información y datos

Con respecto al primer reto, Daniel Drezner de la Universidad Tufts plantea en The Ideas Industry: How Pessimists, Partisans, and Plutocrats are Transforming the Marketplace of Ideas (La industria de las ideas: cómo los pesimistas, los partidistas y los plutócratas están transformando el mercado de las ideas) que los centros de estudios con ánimo de lucro han tomado el liderazgo del pensamiento al servir de plataformas para pensadores provocadores que impulsan grandes ideas. Mientras los centros de estudios sin ánimo de lucro (así como las universidades y las organizaciones no gubernamentales) siguen teniendo un enfoque “a la antigua” hacia los datos, sus contrapartes prosperan el encontrar “la” estadística que capte la atención pública en la era digital. Debido a su acceso a información tanto pública como privada, los centros con ánimo de lucro también pueden aprovechar al máximo el big data de maneras que los tradicionales no pueden.

Más aún, en tiempos en que se hace menor el espacio para argumentos equilibrados de política exterior, los centros de estudios corren el riesgo de convertirse en herramientas de maniobras geopolíticas, lo cual es particularmente cierto ahora, cuando las relaciones entre EE. UU. y China se están deteriorando e ideologizando.

Con el paso del tiempo, los gobiernos extranjeros de todos los signos han tenido la inteligencia de buscar influir sobre las políticas no solo en Washington, sino también en Londres, Bruselas, Berlín y otros lugares, al convertirse en donantes significativos de los centros de estudios. Se dan cuenta de que los centros de estudios bien conectados que actúan como “intermediarios” ante las instituciones políticas han ido sufriendo retos de financiación desde la crisis del 2008. En algunos casos, aquellos con sedes locales incluso han sido acusados de convertirse en fachadas de gobiernos autoritarios extranjeros.

En términos de opacidad en el tráfico de influencias, las acciones de China han sido especialmente preocupantes. El presidente chino Xi Jinping ha estimulado explícitamente a los centros de estudios de su país a “promover la narrativa china” en el mundo. En muchos casos, estas instituciones se han convertido en instrumentos para ampliar la esfera de influencia del país.

Según un informe realizado por el Consejo Europeo sobre Relaciones Exteriores, la Nueva Ruta de la Seda de China, con sus complejas necesidades de coordinación, ha creado el espacio político perfecto para que prosperen los centros de estudios que “hablan bien de China”. Algunos ejemplos son redes como SiLKS y centros de estudios específicos como el Charhar Institute, que además creó hace poco un “Comité Nacional para las Relaciones Sino-Estadounidenses”. Dados sus vínculos con el gobierno chino, estas organizaciones amenazan con enlodar las aguas en que se desarrollan los centros de estudios genuinamente independientes.

Pero la amenaza más significativa a los centros de estudios proviene de la reacción populista global contra los “expertos” y la investigación basada en evidencia. Como han argumentado Michael D. Rich y Jennifer Kavanagh de la RAND Corporation, estamos viviendo un periodo de “decadencia de la verdad”. Se ha difuminado la frontera entre hechos y opiniones, y ha aumentado la desconfianza de la gente ante las fuentes respetadas de información y datos.

Los políticos populistas han explotado y acelerado este fenómeno al describir a los expertos como “enemigos del pueblo” y a los centros de estudios como “instituciones de marfil” desconectadas de las preocupaciones de los ciudadanos de a pie. Son presiones que se combinan para socavar el discurso civil, el pensamiento crítico y, a fin de cuentas, los cimientos de las democracias liberales.

Para sobrevivir, los centros de estudios tradicionales deben innovar, al tiempo que se mantienen leales a sus principios. Como comienzo, deberían aprovechar su poder único de convocar a pensadores de todo el espectro político. Al crear un espacio de debate para miembros de la sociedad civil para hablar de asuntos de política centrales, los centros de estudios pueden ayudar a generar un consenso y fomentar la cooperación entre las partes.

Nunca ha sido más urgente la necesidad de que los centros de estudios reafirmen su propósito central de validar argumentos con evidencia. Mientras los intereses corporativos suelen sesgar las conclusiones de los think tanks con ánimo de lucro, sus contrapartes sin ánimo de lucro pueden y deben ofrecer análisis independientes y precisos para ayudar a que el público comprenda un mundo cada vez más complejo.

Además, los centros de estudios deben aprovechar al máximo el potencial de la tecnología para desenmascarar la influencia autoritaria. Tal como están las cosas, la escasez de información sobre los gobiernos autoritarios los beneficia. Un modelo promisorio para abordar este problema es la Iniciativa de Transparencia Marítima de Asia del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (Center for Strategic and International Studies), que ha usado imágenes satelitales para rastrear y poner al descubierto la militarización y construcción por parte de China de islas artificiales en el mar del Sur de China.

Por último, los gobiernos de democracias que piensen similar deben unir fuerzas para proteger el estatus de los centros de estudios independientes como un pilar esencial del orden liberal. Incluso en tiempos financieros difíciles, cuando financiar la investigación independiente podría parecer un lujo, el papel de estas instituciones para promover medidas sustentadas en evidencia es indispensable.

No olvidemos que los centros de estudios o think tanks surgen y prosperan en tiempos de crisis. Tal como tras la Primera Guerra Mundial dio origen al Council on Foreign Relations y la Chatham House, el desastre nuclear de Fukushima en el 2011 llevó a la formación de la Rebuild Japan Initiative Foundation (hoy la Iniciativa Asia-Pacífico, que dirijo). A fin de cuentas, no puede haber un orden liberal internacional sin debates críticos sobre políticas, y el aporte de estas instituciones es vital para el éxito de ellos.

Yoichi Funabashi es presidente de la Asia Pacific Initiative (antes Rebuild Japan Initiative Foundation), un centro de estudios independiente con sede en Tokio. © Project Syndicate 1995–2019