Víctor M. Mora Mesén. 16 marzo

Una de las más hermosas obras de Caravaggio es el cuadro conocido como La vocación de san Mateo. No es una simple representación de la llamada de Leví, testimoniada en el evangelio de Mateo porque es una imagen llena de sentidos diversos, proclive a muchas interpretaciones y, sobre todo, es un mensaje crítico a una sociedad y a la Iglesia que poco a poco profetizaba las nuestras.

En primer lugar, el juego de luz y sombra nos habla de nuestra realidad. Cierto, ¿qué rostros están totalmente iluminados en la pintura?, ¿cuáles se encuentran en la sombra? La luz entra, indirecta, no ilumina a Cristo, representado tímidamente con una casi imperceptible aureola. La luz viene de fuera. La pregunta es: ¿cuál es su fuente? ¿Acaso Dios? Tal vez la respuesta más válida no sea la del origen divino, sino de la simple constatación del mundo humano.

En efecto, Jesús está en medio de las tinieblas, si bien la dirección de su dedo, que por otro lado no es totalmente puntual, señala hacia la misma dirección de la luz que viene de fuera. Es interesante ese detalle de la mano, que nos hace recordar el dedo de Dios en la representación que hace Miguel Ángel de la creación del hombre en la capilla Sixtina. Caravaggio no es un copiador, sino un evocador, nos habla de una voluntad que, sin embargo, está sujeta a la interpretación de la historia que hacemos los seres humanos.

Las personas llenas de luz en el cuadro son aquellas que se encuentran sentadas a la mesa, que debería ser aquella del cobrador de impuestos. Pero ¿quién es quién en la pintura? La primera interpretación haría de Mateo aquel que se obsesiona con el contar las monedas, el que se muestra preocupado por las ganancias. Pero no mira a los ojos a Jesús. Por eso, tal vez él no sea el llamado. ¿O sí?

A la par de este hombre, se encuentra un anciano, que parece, a su vez, ser indiferente a la presencia de Jesús. Llama la atención que sean un joven y un viejo. Tal vez son el reflejo de una misma actitud: representan a aquellas personas que piensan que el lucrar está por encima de todo valor, incluso de la luz (es decir, de la claridad de un sentido existencial mayor, fundado en valores trascendentes).

Uno se atrevería a describirlos como seres humanos ensimismados, avaros, dedicados solo a lo que en apariencia es fructífero: poder, riqueza, reconocimiento… No en balde endosan hermosas vestiduras. El joven, coloridas; el viejo, clásicas, pero ambas, seguramente, en el mundo de la fashion.

El joven y el viejo se encuentran los dos ensimismados en el objeto de su pasión, aquellas monedas que se cuentan obsesivamente. Otras dos figuras, también de un joven y de un viejo, cuyos rostros son evidentes tienen otra actitud: ambos ven a Jesús y sus rostros son iluminados por la luz. Son la antípoda de los otros dos personajes. Viene a la mente identificar a estas parejas con un único personaje: joven y viejo representan el mismo sujeto en dos momentos diferentes de la vida. Esta nueva pareja, a diferencia de la otra, ve a Jesús con ojos de curiosidad y de asombro. Cada uno de acuerdo con su edad. El joven observa, mientras el viejo, con el gesto de su mano, parece interrogarse si en el gesto de Jesús se tiene que adivinar una crítica o un llamado.

Interpretación. La diferencia entre estas dos parejas de personajes es obvia: en unos el interés se encuentra en el dinero; en los otros hay un interés por comprender el gesto comunicativo de Jesús. El viejo de la segunda pareja señala hacia el joven obsesionado con las monedas, ¿tal vez tratando de indicar que ese joven a su lado, que es él mismo, debería haber entendido el reclamo de la luz que entraba de fuera?

Hay otros dos personajes en el cuadro que nos dan que pensar. Uno se encuentra sentado a la mesa, vestido elegantemente. Es un joven con una espada al cinto (¿símbolo de poder o prepotencia?), con bellos vestidos, cuyo rostro se ilumina parcialmente, pero cuya mirada se dirige a Jesús.

A diferencia de los otros jóvenes, cuyos vestidos coloridos los resaltan, este viste de negro y blanco, resaltando el tono claroscuro de toda la obra. Tal vez sea el personaje más importante porque representa la esencia de lo que significa enfrentarse con el rostro de Dios: distinguir la realidad de la propia mentira.

El otro personaje parece ser uno que está cercano a Jesús, pero que da la espalda al observador. Al igual que el joven apenas descrito, los colores de sus vestiduras se confunden con los claroscuros del cuadro, pero se nota que es un viejo, por las canas de su cabellera. ¿Serán el mismo personaje? Pero ¿por qué no se ve su rostro con claridad? ¿Por qué, si está tan vecino a Jesús, no está iluminado?

Para entender este detalle, hay que hacer otras dos observaciones. Caravaggio ha pintado en forma evidente una ventana, pero la luz no proviene de ella, si bien está evidentemente abierta porque la puerta, para evitar la claridad, está corrida. La luz no entra por la ventana, viene de arriba y sigue la misma dirección en la cual se levanta el dedo de Jesús y el dedo de aquel otro hombre que da la espalda. La ventana está apenas iluminada, la fuerza de la luz viene de otra parte.

La figura de Jesús no deja de ser inquietante. Su mano alzada, como en el gesto de la creación de Miguel Ángel, nos habla de la posibilidad de un proyecto humano. La manga de su vestido, de rojo profundo, nos habla de su martirio. Pero también su nariz, mejilla y oreja están llenas de rojo, que nos hablan de su sufrimiento y pasión. Jesús, empero, no está iluminado, solo señala la dirección de la luz, resaltada por la claridad en su muñeca.

Retrato de la sociedad. Caravaggio nos ha legado una pintura llena de dinamismo, de interrogantes y provocaciones. Por una parte, nos habla de la realidad de una sociedad demasiado ensimismada en lo que es superfluo, en el dinero que nos hace ser avaros y mezquinos, sometidos a los ritmos de la moda y del poder, pero que no puede dar más de sí.

Por otro lado, nos ha hecho ver que dentro de esa sociedad existe la esperanza, cuando nuestros ojos deciden ver el mundo desde otra manera, al modo de Jesús. No importa la edad, ni el tiempo, basta solo la disposición de ver que algo puede cambiar, como lo señala el viejo que se atreve a ver a Jesús.

Para el mundo joven, por otro lado, existe no solo el asombro de la expectativa, sino también la posibilidad del cambio. Claro está, la juventud es siempre futuro no determinado. Alguien puede transformarse en ese hombre con vestidos juveniles y coloridos, obsesionado con la ganancia que tiene a la mano, o bien, dejarse sorprender por otras posibilidades, o bien, dejarse simplemente interrogar en sus decisiones.

Pero aquel hombre viejo, que tímidamente imita el gesto de Jesús, pero nos da la espalda, puede significar tanto la posibilidad de la incongruencia en la vida como de su coherencia final. No basta con conocer la vía de la luz, hay que dar razón de la esperanza que nace de ella.

Con todo, la imagen de Jesús en la pintura es más que elocuente. Él señala la luz, pero se encuentra en medio de los claroscuros de nuestra historia. Su dedo levantado, que significaría una llamada a la vida, tiene la misma fuerza que el acto creador de Dios: no es una opresión, ni una posesión, ni mucho menos una dominación. Es llamada a la libertad, representada por los rasgos indiscutibles de su donación en la cruz. Por eso, el viejo que intenta imitar el gesto de Jesús nos da la espalda, su testimonio no está concluido, tiene que ser probado en la resolución de la historia.

Hay un detalle, sin embargo, en esta magnífica pintura, que no puede ser desatendido. El centro de la obra no es Jesús, es la historia humana, representada en aquella mesa por jóvenes y viejos. No hay duda de que Caravaggio ha querido representar en esa escena lo que acontece entre nosotros: claroscuros de certezas e indecisiones, claroscuros de provocaciones y posibilidades, claroscuros de iluminaciones y tinieblas, claroscuros entre fines, decisiones y acciones.

La historia humana podría ser descrita con un caos anárquico e impredecible, pero, a pesar de todo ello, Jesús no quiso ser la iluminación por excelencia, sino estar dentro del claroscuro de la historia de los seres humanos de carne y hueso.

El mensaje de Caravaggio es genial, a la vez que provocador. Sin decirlo, representa a la Iglesia sin rostro definido, aunque a un mismo tiempo juvenil e iluminado (llena de inquietudes y buenos propósitos), y también de espaldas y envejecido (conocedora de sus falencias y limitaciones, al igual que consciente de las radicalidades que tendrá que decidir en su historia).

El futuro de la luz que vendrá del martirio de Jesús no está todavía definido. Dependerá de nosotros aceptar el que Dios nos toque para darnos vida o que nosotros permanezcamos en la tiniebla de nuestra arrogancia. Dios, sin lugar a dudas, no es un opresor.

El autor es franciscano conventual.