Columnistas

Diferencia entre dos y tres

Después del 6 de febrero, podríamos tener que esperar el conteo manual del TSE

A tres semanas de las elecciones, si uno no escribe sobre el tema, mejor se queda callado. Hecha la sentencia, empiezo por confesar que votaré únicamente por un sentido filial profundo: mi hijo Sebastián Urbina Cañas compite por la segunda vicepresidencia al amparo del Partido Acción Ciudadana (PAC), del cual su abuelo materno fue fundador.

Habiendo salido de ese “descargo de responsabilidad”, me atrevo a presentar mi (de fijo equivocada) percepción sobre lo que podríamos esperar el próximo 6 de febrero.

En primer lugar, esta vez no confío en las encuestas como guarismos predictivos por tres razones:

1. Gracias a la tecnología, a la pandemia o, quizá al menor costo, las empresas encuestadoras llevan a cabo las entrevistas de forma telefónica y rara vez de manera presencial, como se dice ahora.

Cuando fui director de La Nación, le pagábamos a Unimer lo suficiente para que a estas alturas encuestara a 2.400 prójimos en todo el país. Las otras empresas difícilmente llevan a cabo hoy la mitad del trabajo con llamadas a un celular.

La entrevista presencial no solo permite saber dónde reside el encuestado, sino también intuir la veracidad de las respuestas.

2. Como si la falta de recursos que obligó a encuestar virtualmente fuera poco, la covid-19 cambió en solo 18 meses los hábitos de consumo, de comportamiento y ni se diga de las preferencias políticas.

Antes, las características demográficas de un encuestado servían para determinar su futura intención de voto. Si hace cuatro años fue difícil predecir cómo votaríamos, en este momento, consiste en un tremendo batazo. Ni siquiera tenemos la menor idea acerca de cuánto afectará la pandemia la asistencia a las urnas.

3. Pero si los dos puntos anteriores les parecen inverosímiles, nada más analicemos que la espina dorsal de toda encuesta la constituye el censo nacional y, por incomprensibles razones, desde el 2011 no efectuamos uno. Sin un censo actualizado, el peso que se le dé a cada grupo demográfico no responde a la realidad.

Dónde poner la mirada

En vista de la incertidumbre electoral, ¿a qué números prestar atención? Sugiero, como guarismo de mayor importancia, observar la diferencia entre el segundo y tercer lugar en la primera ronda.

El primer lugar tiene asegurada su participación en la segunda vuelta; sin embargo, no tenemos la menor idea de cuál candidato de cuál partido se decepcionará por haber “casi llegado” ni quién tendrá la ilusión de esforzarse durante dos meses más. La diferencia en la cantidad de votos válidos entre el segundo y tercer lugar podría resultar muy pequeña.

En la elección pasada, la diferencia entre Alvarado Quesada y Álvarez Desanti fue de solo 64.624 votos. En ese entonces, participaron 13 partidos en la contienda presidencial: el promedio de la diferencia entre uno y el siguiente fue de apenas 44.513 votos. La diferencia mínima fue de 329 votos y la máxima de 138.993.

Esta vez participarán 25 partidos, casi el doble; por regla de tres, podría pronosticarse una diferencia de 22.500 votos. Aunque el padrón nacional creció un 6,6% desde la pasada elección, la pandemia podría influir en la participación en un porcentaje igual o mayor.

Si presumimos el mismo número de mesas (6.000) que en el 2018, una diferencia de tan solo cuatro votos por mesa podría determinar quién pasa a la segunda ronda.

Les deseo mucha suerte a las dos personas: aunque solo una la disfrutará. También, nos deseo paciencia y fe a los votantes, porque quizá tendremos que esperar unos días, hasta que el TSE termine la cuenta manual de los votos, para conocer el resultado de la primera vuelta.

aurbinag@gmail.com

El autor es productor lechero.