José Ricardo Chaves. Hace 2 días

El estudio de la historia no es algo monolítico, sino un proceso en constante reconsideración. Dado que, como afirmó la escritora Hilary Mantel, “la historia no es el pasado sino lo que queda en el cedazo cuando los siglos han pasado a través de él”, hay que volver a esos fragmentos, verlos desde otros ángulos, considerar el cedazo donde quedaron detenidos y tomar en cuenta los nuevos hallazgos. Se impone, por lo tanto, el revisionismo histórico, la reinterpretación de los viejos relatos, de los fragmentos.

El triunfo del cristianismo. Uno de los temas que el mundo moderno ha dejado de lado, contentándose con reproducir las versiones edulcoradas de los vencedores, es el relativo al “triunfo del cristianismo” sobre el mundo clásico grecolatino, en su etapa romana.

Sobre ese tiempo, la mayoría de las personas sigue creyendo el cuento de las películas de Semana Santa, donde un Nerón afeminado y regordete persigue y tortura a los virtuosos cristianos, los quema o los lanza a los leones del coliseo.

Se deja de lado que los rústicos cristianos buscaban complacidos el martirio que les garantizaba la entrada automática al paraíso, con el mismo fervor con que hoy los extremistas islámicos se hacen estallar por los aires (y con ellos a muchos más), con la firme convicción de su ingreso celestial.

Los romanos habrían caído en una etapa de decadencia debido a sus supuestos “vicios”, sobre todo los sexuales, en orgías sin fin, y esta cuesta abajo se habría detenido por la irrupción en el mapa de la virtud cristiana. A veces se agrega la invasión de los bárbaros, y se olvida que los cristianos eran parte de esos bárbaros.

La edad de la penumbra. Justamente esta esa es materia de uno de los mejores libros que leí el pasado año, La edad de la penumbra. Cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico, de la historiadora inglesa Catherine Nixey, quien en su magnífico y ameno texto cuenta la historia de los paganos vencidos, los aspectos no vistos en clases o en el arte, quizás en algunos pocos libros, esto es, el de la destrucción cristiana del mundo clásico: de sus templos y estatuas, de sus bibliotecas y pergaminos, de sus animales y arboledas sagradas, de sus ideas y conocimientos, cual plaga de langostas de la cultura, a partir de la conversión del emperador Constantino.

Algunos ingenuos argumentarán que fue la reacción natural tras la represión romana. Mala información: la persecución romana fue episódica, apenas 13 años en 3 siglos, y sí, ahí estuvo Nerón haciendo de las suyas, pero lo que harían posteriores emperadores cristianos contra los paganos no se queda atrás.

La persecución inversa, la de los cristianos hacia los paganos, fue centenaria, y abarcó cuerpos, ideas, objetos, propiedades… Eventualmente, triunfante entre los escombros, la Iglesia querrá preservar algo de ese holocausto cultural. Lo hará, a su manera. Esto sí se ha abordado en libros de manera algo facciosa, pero el de Nixey se centra en la historia y los sufrimientos de aquellos a los que la cristiandad abatió.

Actualidad. El libro no es solo un tratado histórico de lo sucedido hace siglos, sino que, indirectamente, nos hace reflexionar sobre la situación contemporánea, cuando viejos y nuevos fanatismos religiosos están presentes en la escena pública, en que la destrucción de sujetos y objetos por razones religiosas es pan de todos los días.

De hecho el libro empieza con una curiosa anécdota: en el 385 de nuestra era, en Palmira, Siria, una estatua de Atenea, diosa de la civilización, fue despedazada por las hordas cristianas. Con el tiempo, fue reconstruida con base en los restos y así estuvo por unos años, hasta que en el 2015 los terroristas del Estado Islámico la destruyeron, repitiendo así el acto de sus hermanos monoteístas de siglos pasados, ahora de manera definitiva.

El libro nos lleva a pensar sobre los límites de la tolerancia en una sociedad democrática y cómo la intolerancia considera a la sabiduría necedad (para qué el conocimiento cuando lo que importa es la fe) y se erige a aquella, en peligrosa vuelta de tuerca, como virtud, esa “crueldad misericordiosa” alabada por san Agustín, por lo cual es bueno forzar al otro, incluso destruirlo, para “salvarlo”, pues “no existe el delito para quienes verdaderamente tienen a Jesús”.

La revisión histórica del triunfo cristiano sobre el paganismo no es prerrogativa de Nixey. En Francia, está el libro coordinado por la historiadora Marie-Francoise Baslez Cristianos perseguidores. Destrucciones, exclusiones, violencias religiosas en el siglo IV, el que, aunque valioso e interesante, tiene un corte académico más tradicional que no le llega al gran público, a diferencia del de Nixey, riguroso, entretenido y accesible para muchos, y se lee con la fluidez de una novela… trágica.

El autor es escritor.