Fernando Durán Ayanegui. 16 octubre, 2016

Con la columna del domingo anterior no tratábamos de negar los méritos de Erik el Rojo o de Cristóbal Colón, algo que habría carecido de interés porque, al desconocerse la identidad del líder de la expedición siberiana que pudo traer la primera presencia humana a América, no sabríamos a quién adjudicarle el título de Descubridor del que despojaríamos al vikingo y al genovés. Nuestro comentario solo sugería que la imposibilidad de navegar por el océano Ártico a principios del segundo milenio de nuestra era habría impedido a los navegantes nórdicos alcanzar el océano Pacífico y “descubrir” Asia oriental; en contraste con la situación actual, en la que el paso por el norte entre el Atlántico y el Pacífico se va abriendo y ya permite los cruceros de placer y los inevitables patrullajes militares. Falta, pues, poco tiempo para que ese paso compita, al menos durante parte del año, con el canal de Panamá y le reste posibilidades al de Nicaragua. Sin embargo, el asunto nos concierne a los centroamericanos por razones más apremiantes. Examinemos una de ellas.

Si le encontramos sentido a la hipótesis de que la instalación de los vikingos en América, en el año 985, fue favorecida por un calentamiento global ni por asomo atribuible a los efectos de la contaminación industrial de la atmósfera, también debemos creer que un importante retroceso de la cultura maya, ocurrido en la misma época, fue agudizado por el cambio climático catastrófico que ocasionó en la región del mar Caribe aquel mismo calentamiento. En términos simples: el ablandamiento de las condiciones climáticas árticas producido por un calentamiento global, viene acompañado por un desajuste de intensidad proporcional en el clima de Centroamérica y el Caribe.

Así las cosas, la actual apertura del Ártico a la navegación podría estarnos indicando que, agravado por la contribución antropogénica al efecto invernadero, el calentamiento de ese océano iniciado a fines del siglo XX es de una intensidad mucho mayor que la del que tuvo lugar al acercarse el siglo XI y, por lo tanto, debamos esperar que el desajuste climático centroamericano de nuestros días sea bastante mayor que aquel que afectó severamente a los mayas. De hecho, cada año se hace más evidente el aumento en la frecuencia y la violencia de los diversos tipos de ciclones tropicales en el planeta. Bien podría ser que las advertencias hayan llegado demasiado tarde, al menos para nuestra región, y solo nos quede tiempo para las lamentaciones. Miremos Haití.