Víctor Valembois. 26 octubre, 2018

La muerte, ¡qué digo!, el asesinato sanguinario del periodista saudita Jamal Khashoggi es para estremecer todo el mundo que se creía algo civilizado a esta altura del siglo XXI. Justamente por estar leyendo Enriquillo, novela del siglo XIX, que reforzó la identidad de República Dominicana, me entero sobre la matanza de Jaragua, al principio de la colonización por allá.

Muy fiel a la historia, la obra artística sirvió, y sigue aún, como una especie de periodismo de alerta. Pero eran otros tiempos: el autor de esa fatalidad fue nada menos que frey Nicolás de Ovando, militar y religioso cuya estatua todavía pregona una miserable verdad allí en plena plaza colonial de la encantadora ciudad de Santo Domingo, no precisamente aquí, por Heredia.

Nosotros, en Costa Rica, quizá no nos damos cuenta suficientemente del sacrificio que han ofrecido tantos periodistas en el mundo, porque solo hemos vivido conflictos en realidad menores

En una parte inicial, se nos presenta a Ovando conversando con Bartolomé de las Casas, por nosotros conocido. El malvado gobernador señala lamentar lo acontecido, pero lo justifica dentro de la doctrina del “saludable terror”, practicado por cantidad de vencedores, variando formas y matices a lo largo de los tiempos. Pero nosotros acabamos de constatar otro horror de horrores: ¡Un periodista torturado y al que le cortaron los dedos! Pavoroso presagio al que no se preste a postrarse.

La historia está llena de acontecimientos terribles en sí; todo depende también del cómo se relatan. En el siglo XVI, François Villon no era periodista, pero por su estilo vívido y hasta sarcástico (aunque sea en su francés medieval, felizmente yuxtapuesto ahora en hermosa traducción española por Colección visor de poesía) todavía nos evoca el horror que puede ocurrir al buscar la belleza y la verdad. Ejemplo: su Balada de los ahorcados que ahora podemos hasta leer en clave de “derechos humanos”.

Mártires. Jan Hus (1369-1415) y Juana de Arco (1412-1431), ejecutados en la estaca, quemados vivos, sin ser tampoco lo que hoy llamamos “gente de prensa” (esta nacería poco después), los recordaremos por su horripilante sacrificio, ojalá para siempre, en clara evidencia de situaciones de flagrante injusticia. De hecho, fueron “mártires” por su fe, vocablo griego que justamente remite a la idea de “testimonio”.

Todavía espantan las ejecuciones “ejemplares” de los alemanes pasando por Bélgica (país prácticamente desarmado y además neutral entonces) en su viaje “más corto” hacia París, al inicio de la Primera Guerra Mundial: conviene recordar esos héroes civiles sacrificados, ahora a punto, también en Costa Rica, de celebrar el centenario del armisticio de noviembre de 1918.

¡Terrible cosa! Se repitió y se agravó el escarnio, con lo que infligieron los nazis, en la Segunda Guerra Mundial, ya retirándose de Francia, al actuar en forma salvaje contra la población inerme de Oradour-sur-Glane, en Francia. Como “castigo ejemplar”, en junio de 1944 encerraron a 642 habitantes, incluidos mujeres y niños, y los masacraron “para que aprendieran”. Bastante más aleccionadoras quedan ahora las ruinas que el general De Gaulle mandó dejar como memorial permanente en contra de la bestialidad: lección periodística y fotográfica diaria para visitantes.

Nosotros, en Costa Rica, quizá no nos damos cuenta suficientemente del sacrificio que han ofrecido tantos periodistas en el mundo, porque solo hemos vivido conflictos en realidad menores. Al leer la excelente novela de Tatiana Lobo sobre El año del laberinto, observamos a Pío Víquez, excelente periodista de El Heraldo, utilizando su talento escrito en beneficio de la verdad. Con acierto la autora utiliza el humor, en contraste con lo que ahora se llama un “feminicidio”. Poco más tarde observamos a nuestro Julio Acosta, en exilio en El Salvador por culpa de la dictadura de los Tinoco, informando aleccionadoramente sobre lo acontecido en otro país pequeño: Bélgica. Igual, Enrique Gómez Carrillo, de ascendencia belga, informa, entre otros, sobre las trincheras en Flandes, todo hace cien años. Ninguno de esos dos últimos era periodista en sentido estricto de la palabra, pero plasmaron magistrales páginas en contra del horror institucionalizado.

Oficio peligroso. Ahora, el periodismo es todo un oficio profesional y puede resultar sumamente peligroso: el año pasado, en México, 13 reporteros fueron asesinados. ¿Cuántos van ya este año? Allí y en todas partes, ojalá siga habiendo verdaderos periodistas, dispuestos a enseñar con el dedo, ese mismo, de allí ahora lo “digital”, que contrariamente a lo que buenamente pensábamos, la especie humana no ha mejorado nada. Prueba de ello, el caso espantoso de este periodista saudita despedazado por esbirros al servicio de la satrapía en Arabia Saudita. ¡Ilusión nos hacíamos con ese gobernante que, por permitir mujeres al volante, daba visos de apertura!

Saludo aquí, de paso a gente profesional capaz de arriesgar su vida, como Chris Amanpour, por CNN; el escocés George Galloway, con sus análisis sobre el Oriente Próximo; el francocostarricense Fabrice Le Lous, en nuestro periódico, entre otros respecto de esa afrenta al “socialismo”, en Nicaragua.

Gracias a ellos usted, lector, y yo, desde la comodidad del escritorio, sabemos que el mundo no es de color rosadito. A pesar del peligro, hay gente de oficio empeñada en cambiar la descripción de nada “saludable terror” en saludable horror.

El autor es educador.