Jorge Vargas Cullell. 23 enero

No imagino lo feo que debe pasarlas un zancudo en una de estas ventoleras que azotan al país. Para cuando las ráfagas se calman, y si uno no terminó cromado contra un poste, estamos en medio del océano Pacífico, entre la isla del Coco y Vietnam, y entonces sí, la cosa se jodió. Nada que hacer ante las fuerzas de la naturaleza.

El pensamiento ese sobre los zancudos trae cola. En ocasiones, frente a las fuerzas de la historia o de la naturaleza, las personas somos como esos insectos que el viento arrastra: irrelevantes ante el empuje de los acontecimientos.

De lo que hemos venido hablando aquí, zancudos mediante, es del derecho a la rebelión de los pueblos frente a gobernantes tiranos que los oprimen

Pienso, por ejemplo, en los emigrantes sirios expulsados por una guerra que las potencias mundiales y regionales tratan como un frío ajedrez de poder y son rechazados por un continente europeo atrapado por la xenofobia y el fanatismo. O, en el continente americano, en los venezolanos aplastados por la tragedia económica y humanitaria más grande en la historia regional, provocada por una dictadura cruel y corrupta.

Pero ¿somos siempre un cero a la izquierda? Cuando carecemos de poder, de capacidad para cambiar las cosas, nos convertimos sin duda en sujetos pasivos. Agrego un segundo elemento: cuando perdemos el espíritu de lucha y aceptamos mansamente lo que hay. En esas condiciones, somos ese insecto a merced del viento.

A veces, sin embargo, por difícil que venga la mano, las personas retienen un fuego interior que las anima a resistir y empujar por un cambio. A pesar de los pesares y de la vida misma. ¿En qué momento preciso y por qué salta esa chispa mediante la cual dejamos de ser pasivos y tomamos la historia en nuestras manos? Una cuestión fascinante e irresuelta.

De lo que hemos venido hablando aquí, zancudos mediante, es del derecho a la rebelión de los pueblos frente a gobernantes tiranos que los oprimen. Es un derecho reconocido desde las revoluciones francesa y americana en el siglo XVIII. Puede ser ejercido por la vía armada, pero también por medios pacíficos, de resistencia civil. Cualquiera sea la estrategia, hoy es parte del derecho internacional.

Creo que en Nicaragua ha llegado el momento para ejercer el derecho a la rebelión. Su gobierno es ilegítimo y opresor. Dada la realidad internacional, el costo y la futilidad de las revoluciones armadas, la resistencia pacífica es la vía. Así, en el nuevo régimen que emerja, nadie tendrá el monopolio de la violencia y la paz podrá ser más que una utopía.