Juan Carlos Hidalgo. 19 enero

El episodio del ranquin del U. S. News & World Report, que mostraba a Costa Rica como el tercer mejor país del mundo para invertir, va más allá de la tremenda imprudencia en la que incurrió la Casa Presidencial al publicitar un índice que a todas luces es poco riguroso, también revela la creciente polarización de la opinión pública sobre el rumbo que lleva el país.

Si bien el U. S. News & World Report es una publicación de renombre, se requiere un acto olímpico de fe para creer que nuestro país está entre las tres naciones más atractivas para la inversión. Difícilmente, tendríamos un desempleo del 11,4 % y una tasa de informalidad del 46,3 % si así fuera.

Tampoco habríamos caído durante varios años en otros índices más reconocidos, como el de libertad económica en el mundo, del Fraser Institute (posición 46), el Reporte de competitividad global, del Foro Económico Mundial (posición 62), o el haciendo negocios del Banco Mundial (posición 74).

Esto no quita que Costa Rica tenga ciertos atractivos para el inversionista extranjero y en algunos sectores destaquemos en el mundo. Pero tampoco se vale caer en el autoengaño de creernos una de las naciones más competitivas del planeta. No lo somos.

Aquí, los empresarios pagan altos impuestos (58,3 % de sus ganancias, según el Banco Mundial), tenemos cargas sociales elevadas incluso para los estándares de un país desarrollado, las regulaciones son asfixiantes, llevamos décadas de rezago en infraestructura y la calidad de la educación va en franco retroceso.

Otro punto que dejó en evidencia la polémica sobre el infame índice: parece que algunos sectores prefieren hacer porrismo sobre la situación del país, aun cuando induzca a la opinión pública a la autocomplacencia. Además, cuestionan el patriotismo de quienes nos resistimos a dicho porrismo y señalamos las evidentes falencias en materia económica. Eso no se vale.

Como dijo el ex candidato presidencial estadounidense George McGovern, “el mayor de los patriotismos no consiste en una aceptación ciega de la política oficial, sino de un amor tan profundo del país como para demandarle un estándar más alto”.

El autor es analista de políticas públicas.