Juan Carlos Hidalgo.   25 octubre

Piensa mal y acertarás. La actuación del gobierno en las últimas semanas no deja dudas sobre sus intenciones. No solo es evidente que pretende un parche fiscal que le permita patear la bola hasta mayo del 2022, sino que su estrategia, además, consiste en dilatar la toma de decisiones para que el inminente pánico de los mercados no deje otra opción que aprobar los impuestos que siempre ha pretendido.

La firma —a espaldas de Hacienda— de una convención colectiva en el MEP, que consolida privilegios, condona ¢28.000 millones en pagos hechos por error y crea 4.000 plazas permanentes, así como la campaña orquestada desde la Casa Presidencial para que instituciones se pronunciaran en términos apocalípticos contra modestos recortes presupuestarios planteados por la oposición, el filibusterismo del oficialismo en la Asamblea para que estos no se votaran, la resistencia de Zapote a prestar atención a quienes plantean reformas puntuales por el lado del gasto, son señales que están siendo seguidas de cerca por consultoras internacionales, calificadoras de crédito y entidades financieras. Las consecuencias se ven en la estrepitosa caída de los eurobonos en el último mes. El gobierno está apostando por jugar ruleta rusa con los mercados.

El país no aguanta año y medio más de irresponsabilidad. la activista cívica Abril Gordienko señaló hace poco en Twitter que un sistema parlamentario ofrece vías de escape para salir de coyunturas complejas. En Costa Rica no tenemos esa opción. Pero sí podríamos explorar una salida institucional, aunque poco convencional: que Carlos Alvarado acepte un papel ceremonial de jefe de Estado tras designar a una figura de mucho peso como ministro de la Presidencia para que gobierne con un gabinete tecnocrático por el resto del período presidencial.

Este jefe nominal de Gobierno bien podría recibir un voto simbólico de confianza en la Asamblea Legislativa que lo invista de un mandato político. Mi sugerencia sería Rodrigo Arias, quien, además de ser el ministro de la Presidencia más eficiente de las últimas décadas, pertenece al partido con más representación legislativa.

Claro está, depende de que el presidente reconozca que su liderazgo se agotó y que, por el bien del país, es mejor que dé un paso atrás.

El autor es analista de políticas públicas.