Por: Juan Carlos Hidalgo.   1 julio

Si por la víspera se saca el día, viene un enfrentamiento decisivo con los sindicatos. La huelga del lunes confirmó que los gremios no tienen interés en consensuar nada que implique racionalizar el gasto público. Peor aún, demostraron que tampoco escatimarán en paralizar los servicios esenciales. Si esta confrontación se materializa, el gobierno deberá echar mano a todo su capital político y eso requiere un presidente a la altura de las circunstancias.

Alvarado debería dirigirse al país en cadena nacional y detallar la gravedad de la situación fiscal, las consecuencias que tendría una crisis, los ajustes que plantea su gobierno y por qué no son de recibo las amenazas de los sindicatos

Hay que reconocerle a Carlos Alvarado su firmeza al acuerpar las medidas de austeridad planteadas por la ministra de Hacienda. No obstante, como admiten propios y extraños, los cambios de contención del gasto anunciados hasta ahora se quedan muy cortos. Se requieren reformas estructurales que no solo desatarán la ira de los gremios, sino que también incomodarán a otros grupos de presión y a un sector importante de la población.

Lamentablemente, en la campaña no se le explicó bien a la gente la magnitud del problema, ni la envergadura de las medidas necesarias para hacerle frente. Oyendo las intervenciones del presidente, a veces uno pensaría que “descarbonizar la economía” es más apremiante que estabilizar las finanzas estatales. Además, es evidente que la estrategia de Zapote consiste en exponer a Rodolfo Piza como el policía malo del debate fiscal y dejar a Alvarado como el policía bueno. Si bien ese es el papel de un ministro de la Presidencia, la situación demanda un mayor liderazgo del mandatario.

Alvarado debería dirigirse al país en cadena nacional y detallar la gravedad de la situación fiscal, las consecuencias que tendría una crisis, los ajustes que plantea su gobierno y por qué no son de recibo las amenazas de los sindicatos. Pero la cosa no queda ahí. En su intervención, Alvarado debería enviar una señal contundente de autoridad moral en una era venidera de fuertes ajustes fiscales.

A como están las cosas, recibirá a sus 42 años una pensión millonaria para la que no cotizó. Se trata de un privilegio injustificado, como bien lo ha descrito Ottón Solís, uno de los “garantes éticos” del gobierno. Puesto que vienen tiempos difíciles y de posible crispación social, Alvarado, siendo coherente con el simbolismo que lo caracteriza, debería liderar con el ejemplo y anunciar que renunciará a su pensión de expresidente. Vaya símbolo sería ese.

jhidalgo@cato.org