Juan Carlos Hidalgo. 21 abril

“Mis hijos nunca verán Notre-Dame”, se lamentó un colega en Facebook mientras veía angustiado las llamas consumir el techo medieval. Eran momentos en que temía lo peor, aunque horas después supo, aliviado, que la estructura principal sobrevivió y que, en unos años, no sabemos cuántos, la icónica catedral parisina recobrará su majestuosidad.

Pero no solo fue el siniestro, sino también cómo reaccionó la gente, lo que dio que hablar. Algunos cínicos cuestionaron que hubiese tanta consternación por la destrucción de una iglesia al otro lado del Atlántico, cuando no hubo una reacción similar al incendio que días antes cobró siete víctimas en La Carpio. Otros se burlaron de la aparente “polada” de quienes subieron fotos de sus visitas a Notre-Dame como manera de identificarse con la situación. Y no faltaron quienes se indignaron por las donaciones de cientos de millones de euros para la reconstrucción, por parte de acaudalados franceses, “habiendo tanta hambre en el mundo”.

En La teoría de los sentimientos morales (1759), Adam Smith analiza magistralmente los patrones que rigen los sentimientos y la conducta de las personas, y describe el papel que desempeña la simpatía (mejor entendida hoy como “empatía”) como la capacidad innata que tenemos de identificarnos con las situaciones, buenas o malas, de los demás. Pero Smith también explica que el interés propio es un factor importante —y compatible— con la simpatía.

Por eso, la reacción de la gente es natural porque nos sentimos personalmente afectados por el incendio de Notre-Dame. Unos porque la visitaron y pudieron contemplar de primera mano su imponente belleza. Otros porque no habían tenido esa oportunidad y temieron que se les había escapado para siempre. Y habrá quienes ni siquiera albergan esa ilusión, pero saben que se trata de un tesoro de la humanidad y su pérdida era algo irreparable.

Hay una razón del porqué no generalizamos estos sentimientos a cuanta tragedia hay en el planeta: la existencia sería intolerable si anduviésemos por la vida sintiendo como propio todo el dolor ajeno. Tenemos una predisposición a la simpatía, pero la naturaleza también nos ha preparado para calibrarla de acuerdo con el grado de identificación que sentimos hacia otros. Que mi colega sufriera viendo a Notre-Dame arder y pensara en sus hijos, es lo más humano del mundo.

El autor es analista de políticas públicas.