Juan Carlos Hidalgo. 29 julio

Hace un tiempo leí que los costarricenses somos socialdemócratas por naturaleza. La observación me quedó grabada, puesto que quienes defendemos ideas contrarias a ese credo –como impuestos bajos, un Estado pequeño, libre mercado y la privatización de activos– ciertamente nos sentimos como bichos raros en este vergel estatista. No obstante, tampoco es que seamos un accidente de natura.

En la historia oficial tergiversada por el MEP, la crisis de los ochenta fue causada sobre todo por factores externos y no por la terquedad de Carazo

Que el MEP utilice datos falsos para adoctrinar a los estudiantes al ideario socialdemócrata –del más rancio de los setenta, para peores– no es ninguna sorpresa. Quienes hemos pasado por colegios públicos podemos dar fe de que las clases de Estudios Sociales y Cívica sirven para exaltar el papel del Estado en la sociedad. A los jóvenes se les enseña a venerar las instituciones estatales y se les inculca que sin todas estas –las más de 330 que tenemos– seríamos como el resto del vecindario. Es así como han querido adosarle el estatismo al relato del “excepcionalismo costarricense” –no olvidemos que uno de los argumentos del “No” era que el TLC con EE. UU. nos iba a “centroamericanizar”–.

Pero el adoctrinamiento no se limita a imbuir el amor por el Estado. También fomenta la desconfianza hacia la empresa privada –especialmente si es grande y extranjera– y el mercado, al que se le achacan males como la persistente pobreza y la creciente desigualdad. En esta cosmovisión, las relaciones laborales son inherentemente conflictivas ya que los empresarios son proclives a explotar a los trabajadores. En resumidas cuentas, lo privado es un mal necesario –si acaso–.

En la historia oficial tergiversada por el MEP, la crisis de los ochenta fue causada sobre todo por factores externos y no por la terquedad de Carazo de defender un Estado empresario insostenible con endeudamiento externo y emisión monetaria. Carazo luego diría que expulsó al FMI porque le pidió cerrar escuelas y hospitales –una falsedad, como todas las demás–, pero eso bastó para catapultarlo al estatus de santo secular de la muchachada progresista que no vivió la crisis, pero que medio sabe de ella a través de los libros de texto.

Esto no se enseña a través de conversaciones plurales y abiertas, como dice el ministro Edgar Mora, sino en aulas donde imperan la autoridad del profesor y las respuestas únicas que dicta el MEP. No nacemos socialdemócratas, el sistema nos adoctrina como tales.

El autor es analista de políticas públicas.