Juan Carlos Hidalgo. 2 agosto

Impulsar el progreso en las zonas rurales debe ser un elemento neurálgico en toda estrategia de desarrollo. Por eso, si apostamos por hacer de Costa Rica una zona franca en las Américas, dos sectores merecen particular atención de las autoridades: agrícola y turístico.

El impacto del turismo queda demostrado en Guanacaste. Ahí, la pobreza pasó del 33,2 % en el 2014 a un 20,3 % en el 2019. La cantidad de hogares pobres en la provincia cayó 6 puntos porcentuales el año pasado, a pesar de la desaceleración económica y el aumento del desempleo a escala nacional. Las oportunidades laborales que genera el enorme desarrollo turístico de la zona explican en gran parte el fenómeno.

El sector atraviesa una coyuntura calamitosa debido a la pandemia. Afortunadamente, las bellezas naturales seguirán aquí cuando derrotemos la covid-19, por lo que debemos diseñar una estrategia para recuperar la industria y relanzarla de cara a esta década.

Costa Rica debe seguir manteniendo el equilibrio entre un modelo de turismo sostenible en el que predominan pequeños y medianos emprendimientos que garantizan un dólar más “democrático”, con la atracción de grandes inversiones en hotelería, residenciales y marinas que generan gran cantidad de empleo y traen un volumen creciente de visitantes.

Dado su probado impacto económico, el turismo debe ser política de Estado. Eso significa que las instituciones públicas alineen sus planes de trabajo con las necesidades del sector.

En seguridad, hay que aumentar la inversión policial en los destinos más populares. El MOPT y las municipalidades deben priorizar la inversión en infraestructura en función del interés turístico y el INA, contar con una oferta robusta de capacitación en gastronomía y wellness. El ICT debe trabajar con el MAG y el Inder, en el desarrollo del turismo rural como complemento de los ingresos de productores agrícolas.

Con políticas más afines a las necesidades del sector y una fuerte inversión en promoción del país, el turismo tendrá un efecto transformador en las perspectivas de desarrollo de otras regiones que no se han visto tan beneficiadas como Guanacaste. Es el complemento para una economía que apuesta por apertura y competitividad.