Juan Carlos Hidalgo. 5 enero

Si bien los 2010 se caracterizaron por un innegable estancamiento económico y social, los 2020 pueden ser el decenio de las grandes reformas que nos catapulten al desarrollo. Pero, primero, urge un cambio de mentalidad.

Debemos entender que el bienestar de la población depende del éxito económico del país. No hay política social más eficaz que una economía de alto crecimiento, baja inflación y una fuerte generación de empleo. Por tanto, un sector privado pujante debe ser el catalizador por excelencia para la movilidad social y la reducción de la pobreza. El Estado desempeña un papel complementario, pero difícilmente habrá programas sociales robustos sin una economía dinámica que genere los recursos para financiarlos.

Si queremos una economía exitosa, debemos apostar por hacerla más competitiva. Eso requiere ir más allá de eslóganes y discursos oficiales. Hay que ver la competitividad como la precondición para alcanzar los demás objetivos económicos y sociales. Es decir, debe ser el eje filosófico que determine la acción gubernamental, lo cual implica que las políticas sobre impuestos, gasto, regulaciones, competencia y estabilidad de precios guarden la mayor coherencia posible. Dentro de esta visión macro, la política económica para el siguiente decenio debe enfocarse en generación de empleo, reducción del costo de vida y sostenibilidad de las finanzas estatales. Esto demandará reformas estructurales que recorten el gasto público, abran mercados a la competencia, flexibilicen las cargas sociales, simplifiquen regulaciones y alivien la carga tributaria. Además, en este decenio nos toca desactivar la bomba de tiempo del régimen de pensiones de la CCSS.

No tenemos que ir muy lejos para ver cómo funcionaría un modelo basado en la competitividad. Con impuestos bajos, ventanillas únicas para trámites y otras facilidades, las zonas francas son las que están manteniendo la economía a flote. Resulta paradójico que, mientras las autoridades alardean sobre el dinamismo de las empresas en dicho régimen, rehúsen extender beneficios similares al resto del sector productivo nacional. No perdamos un decenio más con nuestro infame “nadadito de perro”. Aspiremos a una Costa Rica próspera y desarrollada. Pongamos manos a la obra en este 2020.

El autor es analista de políticas públicas.