Juan Carlos Hidalgo. 22 marzo

La humanidad enfrenta un enemigo formidable: la covid-19. “Estamos en guerra”, declaró sin ambages Emmanuel Macron. La analogía no es hiperbólica, puesto que los gobiernos alrededor del mundo están recurriendo a poderes de guerra para amortiguar el colapso en la actividad económica. Según diversos análisis, el mundo ya se encuentra en recesión y arriesga caer en una depresión.

Si antes de la crisis era necesario recortar el gasto público superfluo para equilibrar las finanzas públicas, ahora se ha vuelto imperioso.

La pandemia encontró al país con una mano adelante y otra atrás. Antes del coronavirus, ya había un alto y creciente desempleo, informalidad que cubría a casi a la mitad de la población económicamente activa y una situación fiscal in extremis. Hay que felicitar a la administración Alvarado y al Poder Legislativo por la reacción expedita con el fin de garantizar cierta liquidez al empresariado y evitar un aumento súbito en el desempleo. Sin embargo, a pesar de las acciones tomadas, el impacto sobre la economía será devastador.

El gobierno alemán brindará crédito ilimitado a las empresas en riesgo de quiebra y subvencionará los salarios de los trabajadores cuyas jornadas se vean reducidas. Berlín puede hacerlo porque desde el 2014 implementó el shwarze null, que implica tener cero déficits fiscales, lo cual le ha permitido reducir su deuda significativamente. Por años, múltiples voces atacaron esta política como “dogma” y urgieron a Alemania incurrir en déficits en tiempos de crecimiento, pero el país se encuentra hoy en una posición magnífica para hacer frente a la catástrofe. Traer a colación el ejemplo alemán sirve, por ahora, de lección para el futuro. Mientras tanto, apremia pensar en el margen de acción de un gobierno con un déficit fiscal del 7 %. Si se presume una tasa de impago del 25 %, la recién aprobada moratoria de ciertos impuestos le costará al fisco aproximadamente un 0,6 % del PIB.

Zapote ha anunciado otro plan —cuyo destino aún no está claro— que aumentaría las erogaciones en un 3 % del PIB. Si antes de la crisis era necesario recortar el gasto público superfluo para equilibrar las finanzas públicas, ahora se ha vuelto imperioso. No estamos acostumbrados a la retórica bélica, pero debemos ver la pandemia como una lucha existencial que requiere medidas acordes con las circunstancias. La subsistencia de cientos de miles de costarricenses está en juego.

El autor es analista de políticas públicas.