Juan Carlos Hidalgo. 16 febrero

El conjunto de medidas fiscales anunciadas por el ministro de Hacienda, el lunes pasado, no constituye un plan serio, robusto o innovador. Se trata de un “apagaincendios” conjurado dos días antes en una encerrona del gobierno y cuyo fin es apaciguar a las calificadoras de crédito y patear la bola por un par de años. Que algunos jerarcas de instituciones afectadas admitieran haberse enterado por teléfono ese mismo fin de semana confirma lo atropellado del plan.

¿Por qué estas iniciativas —calificadas de urgentes en un editorial de este periódico— no se anunciaron un año antes? Porque ya se había disipado el sentido de urgencia tras la aprobación de la Ley de Fortalecimiento de las Finanzas Públicas. El relato oficial era que habíamos evitado una crisis, cuando en realidad solo la habíamos pospuesto. Las calificadoras no se creyeron el cuento y, por eso, procedieron a rebajar la nota del país, y advirtieron que se requerían reformas estructurales adicionales para reducir el déficit a niveles saludables. Pero, para entonces, el gobierno ya había pasado la página.

El balde de agua fría cayó el 29 de enero cuando se dio a conocer que el déficit fiscal del 2019 cerró mucho más alto de lo previsto, en casi un 7 % del PIB. No solo era inminente una nueva rebaja de las calificadoras, sino que la noticia amenazaba con enviar un shock de desconfianza a empresarios y consumidores que intuyen un nuevo aumento de impuestos en el futuro no muy lejano. Esto, a su vez, puede revertir la precaria recuperación económica de los últimos meses. Había que salir con algún anuncio para calmar los ánimos.

Para hacer un análisis de estas medidas por el fondo es imprescindible ver las formas. Difícilmente, podemos apostar por la eficacia de un plan diseñado a la carrera y bajo premisas cuestionables (por ejemplo, “reducir a la mitad la evasión”, cuando el ministro de Hacienda parece no tener claro de cuánto es o dónde está concentrada). Además, la intención manifiesta del jerarca de seguir cazando en el zoológico, apelando a un recurso tan peligroso como la eliminación del secreto bancario, tuvo el efecto contrario de tranquilizar al sector productivo. El peor error que podemos cometer con este plan es ser ingenuos.

El autor es analista de políticas públicas.