Fernando Araya. 4 marzo

Escuché hace poco un alegato en favor del socialismo, pronunciado por Slavoj Žižek. Lamentable. Ideas inconclusas, razonamientos fragmentados, una mezcla temblorosa de divagaciones hegelianas, marxistas y psicoanalíticas, combinadas con un lenguaje que solo iniciados de alguna secta pueden entender.

Todo ese galimatías fue para defender lo que Žižek denomina “socialismo burocrático” y “socialismo alienado”, lo cual se conoce como dictaduras del “socialismo real” (URSS–Europa, 1917-1990). Para Žižek, esas dictaduras estaban “insuficientemente” burocratizadas y propone reeditarlas, pero con más burocracia.

En ese contexto, pronuncia una frase lapidaria: “Quiero vivir mi vida en paz y que todo funcione, no me importa cómo”. Triste alegato. Olvidémonos de Žižek.

Seis tesis. Primera, lo que se ha llamado “socialismo real” y “socialismo del siglo XXI” son dictaduras capitalistas análogas a las dictaduras capitalistas del fascismo, el nazismo y las tiranías de seguridad nacional.

Segunda, las modalidades de “socialismo democrático”, “socialismo cristiano”, “socialismo liberal”, “socialismo reformista”, “socialismo conservador”, “socialismo libertario” u otras del mismo talante, son expresiones ideológicas de sociedades capitalistas de distinto tipo.

Tercera, el “socialismo del siglo XXI” se presenta como una revisión por el fondo del marxismo clásico y de las experiencias del “socialismo real”, pero en realidad representa una repetición, con ligeros cambios de lenguaje, de la misma vocación dictatorial, misional y redentorista, combinada, en el caso latinoamericano, con el caudillismo, la mezcla de intereses mafiosos y la utilización oportunista de la palabra “cristianismo” como un elemento de manipulación emocional.

Cuarta, en el interior de los capitalismos existentes tienen lugar experiencias de autogestión productiva, social y política, tales como el cooperativismo, el solidarismo, la copropiedad de medios de producción, la propiedad comunal, la propiedad social y la cogestión administrativa y financiera de las empresas.

Quinta, según algunas interpretaciones, la autogestión, entendida como cooperación de personas libremente asociadas, configura un anticipo del socialismo dentro del capitalismo. En tal tesitura se supone que, al desarrollarse la autogestión, el capitalismo desaparece en virtud de su propio desarrollo, se genera un neocapitalismo autogestionario o nace un tipo de sociedad a la cual no sea importante llamarla de ningún modo. En el momento actual no es posible validar ninguna de estas opciones.

Sexta, lo que sí es factible afirmar es que el trabajo, incluido el del empresario, tiene prioridad sobre el capital; que la sustracción de los medios de producción de las manos de sus propietarios privados equivale a una dictadura capitalista dominada por políticos, ideólogos, militares y la alta burocracia del Estado y del gobierno; que dinamizar aparatos productivos socialmente inclusivos y de alta productividad, competitividad y rentabilidad es imprescindible para crear riqueza económica y redistribuirla; y que las variables científicas, tecnológicas, ecológicas, culturales y educativas son claves para evitar el reduccionismo economicista.

El odio. El teórico más conocido de lo que se ha llamado “socialismo” es Karl Heinrich Marx. Cuando se estudia su obra, escrita entre 1837 y 1883, se identifican dos etapas. La primera cubre ocho años y se caracteriza por la presencia de conceptos tomados de Kant, Hegel, Feuerbach, Sismondi, Johann K. Rodbertus, Adam Smith y David Ricardo.

La segunda abarca 38 años y es en ella donde nace el marxismo clásico, que incluye el materialismo histórico, el materialismo dialéctico, la teoría económica, la teoría de la explotación del hombre por el hombre y la teoría de la expropiación de los expropiadores.

Karl Marx constata algo que Tomás de Aquino había descubierto en el siglo XIII la existencia de una contradicción entre el origen social de la riqueza económica y la naturaleza privada de su apropiación. A diferencia del autor de la Suma teológica, el autor de El capital propone resolver esa contradicción a través del odio, la violencia y la dictadura política.

Marx plantea sustituir la propiedad privada por la propiedad social y autogestionaria en una sociedad sin Estado. Para él, eso es socialismo. Sobre la base de esa tesis, critica fuertemente el estatismo, afirma que la propiedad del Estado no produce socialismo, sino más bien un “capitalismo de Estado” que elimina “la personalidad humana” y genera un régimen donde “el capital comunal” opera como un “capitalista universal”.

La crítica al estatismo coincide con la crítica liberal y anarquista, y su veracidad ha sido comprobada en la experiencia histórica, pero en el caso de Marx, el intento de superar el estatismo produjo el efecto de reforzarlo.

Ante la evidencia de que el Estado no desaparecería a corto plazo, Marx defendió la creación de una dictadura política como período de “transición del capitalismo al socialismo” y sugirió un Estado grande, envolvente y totalitario.

Insuficiencias. La tesis en cuestión se desprende, además, de otras insuficiencias del planteamiento de Marx: primera, descuidar el estudio de los aumentos progresivos de la productividad laboral vinculados a la revolución científica y tecnológica; segunda, definir al ser humano como “un conjunto de relaciones sociales”, lo que olvida la eficacia autónoma y creativa de la persona; tercera, creer que la riqueza económica es producida por el trabajo asalariado mientras los propietarios de los medios de producción se la roban, motivo por el cual Marx concluye en la necesidad de expropiar por la violencia a los propietarios individuales, establecer una dictadura política e instituir el odio de clase como eje articulador del sistema social.

Esos errores, combinados con la imposibilidad de que el Estado desapareciera, condujeron a los capitalismos dictatoriales de los siglos XX y XXI (socialismo real y socialismo del siglo XXI), que junto al fascismo, el nazismo y las dictaduras de seguridad nacional constituyen las formas de tiranía capitalistas más sanguinarias de los últimos cien años.

Frente a la experiencia de esas tiranías resulta lamentable constatar la existencia de fuerzas políticas que prefieren guardar silencio o inventar estratagemas para disimular la naturaleza dictatorial de ciertos regímenes políticos. Esto ocurre porque se trata de ramificaciones del mismo árbol, incapaces de reinventarse.

Poco antes de fallecer, Marx estaba convencido de que sus teorías requerían correcciones profundas, pero fueron otros quienes estudiaron realidades que contradecían las conclusiones a las que él había llegado, mientras sus seguidores se conformaron con repetirlo hasta petrificarse.

Es ahora, en la hora oscura de los nacionalismos, las tiranías reeditadas, los militarismos desbocados y los retornos alucinados a los viejos dogmas e irracionalidades de la violencia política, que conviene insistir en lo siguiente: la vida a cada instante vive, se transforma, ella no cabe en una secta partidaria, en una teoría que se petrifica, en un discurso o en una creencia inmutable. De ahí que toda tiranía, de cualquier signo ideológico, sea como “la mano de los muertos en la garganta de los vivos” (Lemuel K. Wahburn).

El autor es escritor.