Thelmo Vargas. 31 marzo

Hace años, más de cincuenta, un compañero de trabajo en el Instituto Nacional de Seguros (INS) me pidió le prestara, por seis meses, un libro de matemáticas (College Algebra, de C.I. Palmer y W.L. Miser), pues se había agotado en el país y lo necesitaba para uno de sus cursos universitarios. Un poco a regañadientes, por aquello de que es un tonto el que presta un libro, pero más el que lo devuelve, se lo presté.

Un tiempo después, él mismo me contó que con el trajín se le había desarmado un tanto y que alguien hasta le había hecho subrayados indebidos. Pero, me dijo, había logrado comprar uno nuevo, el cual hizo empastar bellamente y hasta le puso mi nombre en el lomo. Ese fue el que me devolvió.

Es probable que la gente tenga que trabajar ahora muchos más años que sus padres y abuelos

Uno de estos días, en el intermedio de un partido de fútbol clásico nacional que veía por televisión, me entró curiosidad por repasar la derivación de una par de fórmulas matemáticas, entre ellas, la del valor presente de una perpetuidad, y consulté el referido libro, que está nítido como recién salido del horno. Luego de ver lo que quería, me atrajo la información que contenían algunas de sus tablas.

Una de ellas, en la página 413, muestra el valor presente de una serie de pagos de ¢1 a partir del próximo año y hasta el fin del año 50, según diversas tasas de descuento. Para una tasa de descuento del 6 % anual, el valor de esa serie (que se conoce como anualidad) es solo ¢15,76. ¿Y cuál es el valor de una serie infinita de pagos como el descrito (lo que se conoce como una perpetuidad) si opera la misma tasa de descuento. Respuesta: ¢16,67.

La razón de esos resultados es que los dineros que se reciban en fechas muy distantes en el futuro casi no tienen valor hoy; y al sumarlos —aunque el número de elementos fuera infinito, como en el caso de la perpetuidad— agregan muy poco. Y, si en vez de haber utilizado una tasa de interés del 6 %, el factor de descuento fuera el 10 % o el 15 % la conclusión es que ni uno ni otro regalo representaría mucho para nosotros.

El futuro. Lo anterior puede explicar por qué los jóvenes atribuyen tan poca importancia a lo que suceda en el futuro. Viven el presente y cuando llega, por ejemplo, el momento de la jubilación, pueden encontrarse con la desagradable sorpresa de que no ahorraron lo suficiente para mantener el mismo nivel de vida que durante su época laboral.

“Comenzó el segundo tiempo”, me informaron. Ya voy, contesté, porque en la pág. 414 había encontrado otro dato interesante. Se trata de una tabla de mortalidad de los estadounidenses, confeccionada con base en información quizá del año 1933, porque la segunda edición del citado libro de Palmer y Miser fue producida por McGraw-Hill Book Company en el año 1937.

Esa tabla muestra que de un cohorte de 100.000 personas a la edad de 10 años, a los 65 solo estaban vivas 49.341 (o sea, había fallecido más de la mitad). A los 75 años, solo quedaban 26.237: de cada cuatro amigos de infancia solo quedaba vivo uno.

Entonces, me entró curiosidad por buscar en la red una tabla de mortalidad más actualizada. “Ya nos empataron”, me gritaron.

Encontré una tabla construida con datos del año 2014. Además, iniciaba al nacimiento (cero años) y distinguía por sexo (entonces solo dos: varones y mujeres). De 100.000 varones nacidos, a los diez años había vivos 99.206. A los 65, el número de vivos era de 80.600 (o sea: solo uno de cada cinco había muerto; no la mitad del grupo como en 1933) y a los 75 la cifra era 63.686. Para las mujeres el dato era 87.914 vivas a los 65 años y 75.172 diez años después.

Conclusiones. Lo anterior permite obtener algunas conclusiones interesantes. Primero, que el avance en la medicina, calidad del agua y las dietas han aparejado un gran incremento en la esperanza de vida de las personas. En la actualidad (o, al menos en el 2014), en los Estados Unidos (y quizá en Costa Rica), una persona de 80 años tiene las mismas condiciones de salud que una de 65 años en 1930. El mundo se ha llenado de viejos y viejas.

Una segunda conclusión es que los esquemas públicos de pensiones que fueron concebidos hace muchos años han de ser actualizados (en cotizaciones, beneficios y edad de retiro) para mantenerse solventes. Ante esto, es probable que la gente tenga que trabajar ahora muchos más años que sus padres y abuelos.

Lo anterior, unido a los avances en las tecnologías de información y comunicaciones, muchos de ellos de tipo disruptivo, sugiere que es estrictamente necesario mantenerse actualizado, vía educación continua, de tipo dual (teórico-práctica) para salir adelante en la vida.

Otra conclusión es que, para la mayoría de grupos etarios, el número de mujeres supera (en aproximadamente un 20 %) al de hombres, lo cual es bueno para quienes anden en busca de novia, porque eso los convierte en el “factor escaso”. Por otro lado, el que las mujeres vivan hoy más años que los hombres podría explicar por qué muchos buscan cambiar de sexo.

“Nos metieron otro gol”. Puchis. Qué dicha que mi amigo me devolvió el libro. Cambio y fuera.

El autor es economista.