Thelmo Vargas. 19 mayo

Los hermanos Jacobo y Guillermo Grimm escribieron más de doscientos cuentos cortos, muchos de ellos ambientados en los bosques alemanes y sus alrededores. Algunos se tradujeron a muchos idiomas, se hicieron famosos y mucha gente por todo el orbe conoce algo de ellos: La cenicienta, La bella durmiente, Hansel y Gretel, y Caperucita Roja.

Caperucita Roja, una niña quizá de 12 años, de visita a su enferma abuelita, a quien le llevaba vino y queques, se encontró con un viejo y astuto lobo, quien al verla pensó en comérsela de un bocado. El cuento se publicó en el año 1812 y entonces los lobos abundaban en los bosques alemanes. Pero el avance de la urbanización, de la agricultura y la separación en Alemania Oriental y Alemania Occidental, lo cual exigía tener soldados custodiando la frontera, prácticamente acabó con todos. Dice una noticia de The Economist que el último lobo por esos lados fue muerto en 1904.

Pero, en realidad, tal no fue el caso, pues algunos habían silenciosamente emigrado a los bosques de Polonia y al final de lo que se conoce como la Guerra Fría comenzaron a movilizarse hacia el Oeste. Se calcula que actualmente hay en Alemania unos 1.000 lobos esperando encontrarse no ya con Caperucita ni a su abuelita, sino terneros y ovejas pastando en lindos potreros, que para ellos resultan no solo menos preguntones que la niña del cuento (¿para qué son esas orejas tan grandes?, ¿para qué esos dientes tan grandes?), sino más apetitosos.

Dicen los entendidos que el cuento de Caperucita Roja tiene algunos mensajes subliminales

Muchos ganaderos han comenzado a protestar por el crecimiento de esa “plaga” y abogan por liquidarlos a como haya lugar. Pero los ambientalistas, en general, se oponen a ello y alegan que debe aprenderse a convivir con otros compañeros de creación.

Destructores. Los viñedos de Napa y Sonoma, en California, solían ser visitados por las noches por coyotes que, buscando satisfacer necesidades propias, destruían las tuberías subterráneas y otras obras de infraestructura.

Ellos no comían uvas ni se tomaban el vino que envejecía en las bodegas (lo que, a $400 la botella de Opus One, por ejemplo, habría producido enormes pérdidas). Solo buscaban agua para satisfacer su sed. La solución puesta en práctica por los viticultores fue construir pilitas en sitios selectos, con agua fresca permanentemente y el mal desapareció.

En el caso de los lobos, los amantes de los animales, si en efecto los quieren tanto, podrían aportar a fondos para indemnizar a los finqueros por ganado perdido debido a los ataques documentados de aquellos. Lo que no procede es que el daño lo soporten solo unos.

Al lado de donde vivo, en Santa Ana, hay un pequeño bosque de especies básicamente maderables, hogar de muchas aves y hormigas. También hay unos cuantos palos de jocote y mango, cuyos frutos desaparecen, más o menos por esta época, cuando apenas están celes.

Sus consumidores son un grupo, cada vez más grande, de ardillas que todos los días deleitan con sus movimientos acrobáticos a los humanos.

También en el suelo, y muchas veces en el jardín de la casa, aparecen grandes huecos que por las noches —y sin la ayuda de pala alguna— hacen unos armadillos que tenemos de vecinos. De criar pollos, un esbelto gavilán pollero, que de vez en cuando con gran prestancia aparece por ahí, se habría llevado la pollita que más quiero.

¿Qué hacer? Todos esos compañeros de creación pueden alegar que han estado donde están desde antes de que yo y otros vecinos llegáramos, como ante los alemanes podría argumentar el lobo feroz.

Sin embargo, a escala global, las mariposas, las abejas, otros insectos y peces son víctimas silenciosas de químicos utilizados por el ser humano para aumentar los rendimientos agrícolas. De no tomarse acción correctiva, estaríamos frente a una enorme externalidad negativa, por la que algunos se benefician de cierta producción sin que soporten directamente el costo total que la actividad le impone a la sociedad. Procede, por tanto, adoptar medidas que induzcan a una “interiorización” de costos y, por esa vía, se empaten los intereses de unos y otros.

Pero volvamos al lobo feroz. Dicen los entendidos que el cuento de Caperucita Roja tiene algunos mensajes subliminales. Por un lado, muestra a los niños que no deben visitar sin compañía sitios extraños, como bosques, selvas o lugares oscuros de la ciudad. Que tampoco han de hablar con desconocidos. Las niñas, como Caperucita, cuya edad las acerca a la pubertad, suelen ser víctimas de muchos astutos lobos humanos, quienes quieren comérselas de un bocado. Los padres y la sociedad como un todo deben ejercer especial cuidado sobre ellas.

El autor es economista.